Si haces yoga estarás muy relajado

Me ha pasado alguna vez, cuando voy corriendo a algún lugar (y en algún momento de la semana ocurre seguro, soy más bien tardona) que alguien que sabe a lo que me dedico suelta algo del tipo “Vas muy estresada. ¿Tú no hacías yoga?”.

bio_r1_c1Como las veces que me lo decían tenía prisa (obviamente…), no me detuve a reivindicar mi derecho, como persona-que-da-clases-de-yoga, a correr y a estresarme tanto como cualquier otro, de la misma manera que considero tener el mismo derecho que lo demás, si es lo que me toca, a enfadarme, entristecerme o no responder con una sonrisa.

Dejando a un lado el hecho (clave) de que el Yoga no es un instrumento de relajación, aunque pueda producir ese efecto, sino una vía de indagación y conocimiento (sí, es un mensaje demasiado vago y poco atractivo como para hacer márketing con él), hubo un día en que el comentario (de boca del portero de mi casa) se me quedó rondando durante días, ya que me pilló corriendo cuando justo había pasado una larga mañana de esas “relajadísimas”, meditando y practicando yoga. ¿Por qué tenía que salir corriendo? ¿Por qué gestionaba mi tiempo tan mal? ¿Pero no es que estaba relajada y el Yoga nos relaja?

Apenas unos días más tarde, por estas cosas mágicas que ocurren en la vida, escuché comentar a una profesora de zen algo que hasta entonces desconocía,  y es que en los monasterios japoneses, para desplazarse entre estancia y estancia, los monjes suelen hacerlo corriendo. Lo hacen para no quedarse “enganchados” en un estado de relajación profunda (lo que sería algo así como un exceso de activación del sistema nervioso parasimpático, en términos médicos, o un quedarse empanado, en términos castizos de andar por casa 🙂 ).

Es decir, permanecer en un estado constante de relajación no es necesariamente, ni siquiera para los monjes de un monasterio, un estado ideal. Ser capaz de colocarse en un estado de alerta y reaccionar con rapidez cuando es lo que hace falta no es algo indeseable en sí mismo, ya sea porque llegas tarde a una cita, ya porque se te acaba el plazo para presentar la declaración de la Renta (el equivalente actual, supongo, a estar en la selva y ante las fauces de un león) . Todo lo contrario. No es negativo activarse o estresarse cuando lo que toca es reaccionar; lo preocupante es mantenerse en ese estado constantemente y continuar acelerado cuando ya no hace falta, que es lo que suele pasarnos en nuestra vida cotidiana, especialmente si no practicamos Yoga…

Creo que voy a versionar a partir de ahora la clásica frase del relato zen (en el que un discípulo pregunta a su maestro sobre el motivo de su gran sabiduría, y éste responde: “Cuando como, como; cuando duermo, duermo”). A partir de ahora “cuando corro, corro, cuando me relajo, me relajo”.

 

 

 

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Comprometerse 

En estos últimos años, y especialmente desde que comencé a dar clases en (momento publicitario 😉 ) en Dalmaiyoga, he Comprometerse / daltitcoaching.comido observando el problema que genera a muchas personas el compromiso, palabra que con sólo mencionarla provoca sudores fríos y reacciones parecidas a las de un vampiro al toparse con una ristra de ajos.
Antes, lo sé, no me daba cuenta de esto porque la primera que salía pitando era yo… Ahora, que soy algo más consciente, voy viendo el respingo asociado a esta especie de palabra maleficio, que se hizo especialmente patente con motivo del Círculo de Mujeres que comenzamos a organizar en la sala hace unos meses.
Los círculos de mujeres buscan crear espacios de seguridad y confianza, donde trascender las conversaciones de “barra de bar” y ayudarnos a adentrarnos en nuestra verdad y aprender a expresarla y compartirla (hay círculos masculinos, pero no están alcanzando el mismo éxito). No es fácil eso de conectar con nuestras verdades si no salimos bien parados, y menos lanzarnos a compartirlas. Así que al poner el círculo en marcha una de las condiciones mencionadas para facilitar el proceso era el “comprometerse” a asistir. Y lo que fui viendo es que ésa era la condición que hacía que mujeres que escribían a preguntarme por la propuesta terminasen descartándola.
Es curioso cómo al oír la palabra compromiso tendemos con frecuencia a asociarla con una carga. Si las palabras tuvieran un peso, o estuviesen hechas de un material, “compromiso” para muchos pesaría kilos de plomo. Compromiso suena (o a mí me ha sonado), a compresión, atadura, estrés, temor a fallar… Compromiso suena a que ya llevamos en nuestra cotidianidad demasiados lastres, y demasiadas responsabilidades, como para añadir al saco otra tarea más. Que conste que eso no quiere decir que sólo los que no se comprometen tienen un problema con la palabra… También es importante plantearse, si soy de los que sí se compromete, desde dónde lo hago. Es distinto un “quiero” que un “tengo que”, una apuesta interior que un quedar bien con el otro para sentirme querido.
Para mí el compromiso no es plomo, pero sí solidez, solidez de tierra firme… De lo que me he ido dando cuenta también, con el tiempo, es de que eso de “comprometerse” no era con el otro, sino conmigo; ésa era la pesada carga. Nos pensamos que comprometernos con algo o alguien nos roba libertad. Pero, si cada vez que entre la multitud de opciones, planes o personas posibles me quedo con aquello con lo que me comprometí, voy dejando en mí un poso de solidez, de aquí estoy, de “digo algo y lo cumplo”, de mi palabra vale… De “yo puedo”. Es como una semillita, y cada vez que cumplo la estoy regando y creciendo internamente un poco más. La libertad, al final, no la perdemos por comprometernos, sino cuando nos frenamos y dejamos de hacer elecciones llevados por un temor.
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