El maestro interior

Hay un antiguo relato, creo que de origen indio (aunque, probablemente, esté presente en distintas culturas) y que me viene a la cabeza a menudo porque ejemplifica hasta qué punto tenemos una sabiduría interna mucho más grande de lo creemos, y hasta qué punto la devoción o la confianza en algo/alguien externo tiene un poder transformador casi inimaginable. La historia en cuestión, que cuento a menudo (quien ya se la sepa, perdón! 😉 habla de un joven que quería realizar su camino espiritual con un reconocido arquero de su época (a alguno le sorprenderá la idea de irse a estudiar con un arquero, pero el arquero Arjuna, uno de los protagonistas del poema épico Mahabhárata, es uno de los grandes héroes míticos de la cultura india).

arjunaEl caso es que estudiar con el arquero en cuestión resultaba terriblemente caro (sí, en Oriente los discípulos podían pasarse años trabajando y ahorrando para poder ser aceptados como tales por los maestros. Lo consideraban la mejor manera de demostrar hasta qué punto deseabas estar con tu maestro). El joven no tenía dinero para pagar las clases, con lo que decidió retirarse en un bosque y practicar a todas horas, día y noche, mientras mantenía siempre presente en su corazón a su amado maestro.

Un buen día, el joven aprendiz de arquero se encontraba practicando en el bosque cuando de repente se topó con unos arqueros consumados. Por algún malentendido se inició un largo enfrentamiento entre ellos que puso a prueba sus habilidades y, sorprendentemente, el aprendiz terminó venciéndoles. “¿Quién es tu maestro?” le inquirieron, intrigados. El joven nombró al adorado arquero. “Es imposible -le respondieron. Es nuestro maestro y esa técnica que tú utilizas a nosotros no nos la ha enseñado”.

Ah, sí, “qué historia tan bonita”, dirá el que la lea, “pero es sólo una historia”. O incluso se podría pensar “bueno, quizás el maestro, como le adoraba tanto, le transmitió ciertas cualidades”. Bien, pues estos días me han contado una historia curiosa, y esto no es una leyenda. Tengo una amiga profesora de arte en Corea del Seúl, y me hablaba de una alumna suya desde hace varios años,. Una chica muy sensible y con una especie de fascinación (bastante obsesiva, seguramente) por Michael Jackson. La muchacha se sabe todas sus canciones, las coreografías, etc., etc., del difunto cantante.

Mi amiga, que también es su tutora, ha ido observando cambios en ella en el último año, y en una entrevista con la chica, a la que veía mucho más tranquila y centrada, le preguntó qué había hecho para conseguirlo. “He aprendido a escuchar más”, le dijo la adolescente, que comentó que también había empezado a elegir más sus palabras y había dejado de utilizar palabras negativas y de relacionarse con cierto tipo de personas con discursos negativos. “¿Cómo aprendiste a hacer todo eso?”, le preguntó mi amiga, pensando que habría recibido algún tipo de apoyo externo. “Me lo dijo Michael Jackson”, le respondió la chica. Aparentemente, a la adolescente se le aparece Michael Jackson en sueños y le da consejos para ser mejor persona… “Entonces, ¿Michael Jackson es como tu guía espiritual?”, le comentó delicadamente mi amiga. “Eso es. Y si tengo un problema, puedo hablar con él”, respondió ella.

En fin, supongo que a todo el mundo le queda claro que Michael Jackson, en contraposición con el maestro arquero, de modelo ejemplar desgraciadamente tuvo poco… Los cambios que ha conseguido los ha logrado la chica solita. Es fácil opinar “esta chica está fatal de la cabeza y debería ir a un psicólogo”. Para mí, en cambio, esta adolescente, igual que el joven arquero de la historia, está logrando transformarse a sí misma gracias a una figura externa que no encuentra en su vida real y que le está sirviendo como apoyo, modelo y referente, y a quien está adjudicando una serie de cualidades positivas. Cuando pueda soltar a su referente porque ya se siente fuerte y sólida dentro de sí misma, o porque puede estar más en la tierra y buscar referentes cercanos, probablemente lo hará.

Nunca debemos infravalorar las increíbles capacidades que tiene la mente humana.

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Yoga y trauma

yogasensitiveComo parte de mi formación en el mundo de la psicoterapia corporal, he ido poco a poco interesándome por el tema del trauma, un mundo fascinante sobre el que cada vez se sabe más pero sobre el que todavía se conoce muy poco… Quien no sepa mucho sobre el trauma quizá se preguntará qué tendrá que ver una cosa con la otra (el cuerpo con el trauma). La respuesta es sencilla: todo.

Cuando escuchamos la palabra “trauma” tendemos a imaginarnos acontecimientos profundamente impactantes y sobrecogedores en nuestra vida. Y sí, efectivamente es así. Pero no sólo. Algunas prácticas terapéuticas relativamente recientes, como Somatic Experiencing, que aborda el trauma con muchísimo cuidado y delicadeza, revelan que todos acumulamos una gran cantidad de eventos traumáticos y no procesados, aunque aparentemente pueda tratarse de episodios de nuestra vida que desde nuestra parte racional podamos ver como anecdóticos o superados.

De hecho, en el mundo terapéutico se suele diferenciar entre el “trauma factual” (asociado a sucesos específicos de nuestra vida, como podría ser por ejemplo sufrir un accidente, o un abuso) y el “trauma de desarrollo”, que hace referencia a episodios sufridos en épocas muy tempranas de nuestra vida, en la etapa preverbal (es decir, en nuestra vida como bebé, de la que ni siquiera tenemos recuerdos conscientes ni podemos describir con palabras, aunque corporalmente las memorias sí han quedado guardadas).

El trauma de desarrollo se puede producir, por ejemplo, si la madre no es físicamente cuidadosa con el bebé (grita, o mueve al niño de forma brusca, haciéndole sentir inseguro), o si el niño no es atendido cuando lo necesita (por ejemplo, dejándole llorar durante horas para que “aprenda” a dormirse solo). También puede haber acontecimientos externos que están afectando directamente a la madre y eso tiene un efecto emocional profundo en el bebé. Este tipo de traumas preverbales van a condicionar todo el desarrollo y la manera de estar en el mundo como niño y adulto, y aunque hay grados y las manifestaciones son diversas, la tendencia a las adicciones puede ser un marcador de traumas no resueltos (me parece muy interesante esta charla en TEDx del psiquiatra Gabor Mate, especializado en adicciones, donde habla de su propia experiencia en este sentido).

Mi práctica como profesora de yoga me ha hecho indagar y reflexionar el tema, ya que siento que el yoga físico puede contribuir a sanar y reparar aquello que quedó de alguna manera “roto” o desconectado como consecuencia del evento traumático. Cuando se ha sufrido un trauma se queda grabada en el organismo una desconfianza inconsciente hacia uno mismo, es decir, hacia el propio cuerpo, que sentimos que no supo “defendernos” y que después puede continuar “traicionándonos” reaccionando atemorizado ante situaciones inocuas. El cuerpo, en cierta forma, se convierte en una amenaza y la persona buscará adormecerlo y sentirlo lo menos posible para amortiguar las respuestas emocionales.

Buscando buscando, descubrí que en EEUU, efectivamente, existen centros especializados en abordar el trauma donde se incluyen clases de yoga, y que eminencias en el trabajo con el trauma como el psiquiatra Bessel Van Der Kolk recomiendan su práctica.

En España, y en la mayoría de países, no hay tanta investigación ni recursos para explorar el trauma. Las clases de yoga pueden ser de gran ayuda pero no todas… Éste es un tema al que merece la pena dedicarle mucho más que un post… De momento, para una persona que esté buscando resolver y sanar sus traumas le recomendaría que evite clases con un exceso de énfasis en la consecución de “logros” físicos (el yoga debería ser lo contrario de “lograr”, pero la realidad es que la mayoría de oferta que se encuentra actualmente no es así, y la tendencia va a más). También es importante la manera de dar indicaciones de los profesores: hay algún estilo de yoga en el que se lleva a gala el “tono marcial”, y para una persona que está buscando sanar su trauma habrá pocas cosas menos contraproducentes que recibir voces u órdenes.

Yo recomendaría a la persona que “escoja” al profesor y pida tener una entrevista personal con él/ella, para explicarle su caso y ver cuánto conocimiento sobre el tema tiene (o, si no, por lo menos disposición y sensibilidad). La entrevista puede servir para manifestar al profesor las propias necesidades (por ejemplo, si no quieres que te toque durante la clase, o si prefieres situarte en algún lugar específico, cerca de la salida o de la luz). También puede ayudar conocer con antelación el espacio donde se imparten las clases, o incluso comenzar asistiendo a algunas sesiones individuales si el profesor nos ha gustado en la entrevista personal pero sentimos vergüenza o presión ante la idea de estar con más gente.

Si aun así ir a clases suena como un gran paso para el que todavía no se está preparado, quizás lo mejor sea seguir clases online en casa durante una temporada, y dejar para más adelante, cuando nos sintamos más confiados, lo de practicar con otras personas.

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