Orgasmos y sollozos

calvosufrienteHace unos días, en la formación de Análisis Bioenergético a la que asisto desde hace unos años, el profesor del taller, el maravilloso Guy Tonella, nos contaba que a nivel orgánico contamos con dos funciones que pueden movilizar todo nuestro organismo: los sollozos y el orgasmo. En ambos casos, cuando son actos plenos, nuestro tronco se mueve y se ve sacudido desde su punto más bajo, el suelo pélvico, hasta la frente, en los senos frontales, permitiendo con ello que todos los tejidos y funciones corporales se agiten y se mantengan vivas, vitales, en movimiento.

Insisto en la parte de “cuando son actos plenos”. Porque, de igual modo que echar unas lagrimitas viendo una peli no equivale a sollozar, tampoco tener un orgasmo localizado (los “orgasmitos” como los llaman a veces en Bioenergética: orgasmos limitados, con placer sólo en la zona genital), o un orgasmo de descarga (donde se libera tensión, pero hay poca sensación de placer) entraría dentro de esta categoría. Para que un orgasmo se expanda y conquiste todo el cuerpo, éste ha de estar muy relajado.

En el proceso de nuestra educación paradójicamente (o seguramente no), nos vemos sometidos a dos grandes represiones: la prohibición de llorar y la prohibición sexual. Son prohibiciones que corporal y vivencialmente nos fijan, nos limitan y nos condenan. Porque si la motilidad orgánica se ve restringida también lo harán la pulsión, la expansión y nuestra capacidad para sentir placer y apasionarnos. Con el sexo. Con la vida.

En nuestra cultura, al igual que en muchas otras, la prohibición de llorar recae con más dureza sobre los hombres (a esto se suma que la musculatura de los hombres, al igual que la de todos los mamíferos machos, es más densa que la de las mujeres y las hembras, y con ello más difícil de movilizar). Pensar que el no poder llorar, relajarse y conectar con la parte más tierna y vulnerable no va a tener un efecto en la capacidad de disfrute resulta ingenuo. Con la prohibición de llorar se inhibe parte de nuestra sensibilidad. No se puede bloquear el conectarnos con el dolor y que esto no afecte a nuestra capacidad de conectar con el placer.

A menudo, un proceso terapéutico exitoso pasa para la vivencia de unos cuantos sollozos vibrantes, inacabables, de una pena que parece no tener fondo. Sollozos que sueltan por dentro. Yo personalmente recuerdo unos cuantos sollozos así… Ocurren y después cambian cosas.

Es tal la relación entre los sollozos y los orgasmos que si se quiere trabajar la dificultad de una persona para alcanzar el orgasmo, probablemente en algún momento haya que trabajar con su voz, con la capacidad para llorar, y con los sollozos. La salud, en el caso de estos hombres (o mujeres) anestesiados pasaría por recuperar esa sensibilidad. Recuperar algo de su “lado femenino” para desde ahí reequilibrarse y conectarse con otro tipo de fuerza interna.  Probablemente implique que se suelte el diafragma para, siguiendo la expresión bioenergética, “relajar sus defensas” e ir deshaciendo la armadura muscular que bloquea corporal, emocional y mentalmente.

Se trata de reemplazar el control por la regulación, y que no haga falta vivir en tensión día y noche, respondiendo siempre desde la rigidez cuando frente a mí no hay ni peligro ni amenaza. Cuando es el momento de relajarse.

Viviendo en tensión se vive en conflicto. Porque la ironía, además, es que cuanta más tensión albergan mi cuerpo y mis músculos, menos puedo contener porque estoy ya en el límite. Si estoy tan tenso, me resquebrajo y exploto ante cualquier contratiempo.

Es importante aquí no autoengañarse con frases del tipo “yo soy así”, “es lo natural en mí”, que sirven para justificarse y no dar pasos para salir de lo conocido, por incómodo o limitante que resulte. Que algo sea habitual en mí (las tensiones, las rigideces, los “orgasmitos”) y que estemos acostumbrados a ello, no quiere decir que sea lo natural. Ni lo deseable. Ni lo que nos merecemos.

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¿Meditar para tolerar a la frustración?

Voy dándome cuenta de que la manera en la que describo la meditación a las personas que se acercan a ella por primera vez va cambiando. Suelo buscar palabras lo menos espirituales y lo menos esotéricas posible, es decir, lo menos susceptibles (creo yo) a darse de frente con la barrera de juicios y prejuicios que todos cargamos encima. Hace unos años solía explicar a los nuevos alumnos que la meditación es un “entrenamiento mental”, y que igual que la gente va a un gimnasio y entrena su cuerpo regularmente, y entiende que esto es lo saludable, también es necesario entrenar la mente, que ocupa cada plano de nuestra existencia y modula nuestra manera de experimentarla.Mark_Epstein_before_the_Buddha-Bar_Restaurant_Prague

Hace poco me di cuenta de que había dejado de hablar de entrenamientos mentales y de que hacía tiempo que hablaba de que la meditación es una práctica de “tolerancia a la frustración”. No fue un cambio consciente, simplemente vino dado por las caras de desesperación que suelen aparecer en las primeras “sentadas”: todo duele, todo molesta y la mente parece estar más agitada y parlanchina que nunca. Era mi manera de intentar decirles “sé por lo que has estado pasando”. Las primeras veces, que quizás duran meses, o años, meditar puede ser, sencillamente, una tortura: es sentarse a dejarse torturar, y es difícil ver en ese momento que eso pueda ser el principio de algo hermoso, terapéutico, calmante, placentero.

Pero estoy leyendo en estos momentos el libro “El trauma de la vida cotidiana”, de Mark Epstein, cuya lectura me recomendó el dr. Miguel Fraile (autor, entre otros, del libro “Más allá del Yo”, del que ya he hablado en alguna ocasión), y veo que mi “resumen” de qué es meditar podría empezar a cambiar de un momento a otro… Epstein es psiquiatra y budista practicante desde hace décadas, y defiende el potencial transformador del trauma, fundamento mismo de la existencia. En su libro entremezcla el relato de la vida de Buda con un ensayo en clave psicológica (Winnicott y su teoría del apego son una presencia continua) acerca de qué pudo conducir a Buda a hacer los descubrimientos que hizo sobre la naturaleza de nuestra existencia, todo ello aderezado con anécdotas de la propia vida de Epstein. No es un libro para todo el mundo, obviamente: nos tiene que interesar un mínimo la figura de Buda o el Budismo, o la meditación, o la psicología, o la teoría del trauma… A mí me interesan todos esos temas y al principio me costó entrar en el libro y en la manera de Epstein de entrecruzar ideas; hasta que, de repente, por algún motivo, cierta cualidad amorosa del relato de Epstein, y su delicadeza para comprender, para explicarnos, comenzó a invadirme.

A través de ese relato Epstein me ha hecho redescubrir, con otras palabras, la faceta integradora de la meditación. Contando su experiencia en un retiro en el que pretendía practicar al máximo y se encontró presa de tumultuosos sueños me ha hecho recordar a mí uno de mis “peores” retiros, hace años, en el que medité muy poco o nada, presa de mis obsesiones y, sin embargo, pude integrar como parte de mí misma aspectos que negaba y de los que me avergonzaba, como mi deseo de reconocimiento, o mi envidia. Disociamos como un mecanismo de defensa. Pero cuando dejamos de escindirnos de lo desagradable se produce un alivio, y esa energía bloqueada en reprimir vuelve a formar parte de nuestro caudal vital, nos permite vivir más plenamente.

Posiblemente no sea lo que más seduzca de primeras a un novato que se acerca a la meditación, aunque puede ser de lo mejor que puede llegar a ocurrirle.

Termino con una frase del libro, relacionada justamente con esta idea:

“Acallar un tipo de sentimiento inevitablemente los acalla todos. Al protegernos de las consecuencias insoportables del trauma nos cerramos también al amor, al gozo y la empatía. Nuestra humanidad reside en nuestros sentimientos y la reclamamos cuando dirigimos nuestra curiosidad a eso que preferiríamos evitar”.

 

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