“La Manada” y la teoría polivagal de Porges

Ayer se hizo pública la sentencia sobre el caso de “La Manada” (si alguno me lee desde otro país y no sabe de lo que hablo, puede leer aquí o aquí). No quiero escribir estas líneas desde todo lo que me mueve (mucho), al igual que a otras muchas mujeres, y sí me gustaría hacer una pequeña aportación hablando sobre la teoría polivagal de Porges, que me ha venido a menudo a la mente al leer sobre este caso.

El estadounidense Stephen Porges, profesor de Psiquiatría y Bioingeniería en la Universidad de Illinois (Chicago) presentó en 1994 la llamada “teoría polivagal”, con la que vino a desmontar la visión que se tenía hasta entonces del funcionamiento de nuestro sistema nervioso autónomo (el que controla las funciones involuntarias de las vísceras). Tradicionalmente, se ha considerado que el sistema nervioso autónomo (SNA) se divide en dos “ramas”: el sistema nervioso simpático (que, resumiendo mucho, nos prepara para la acción, o en exceso conduce al estrés), y el sistema nervioso parasimpático, que hace que nos relajemos. La efectividad del Yoga y su poder “relajante”, para que nos hagamos una idea, reside en su capacidad para estimular el parasimpático. Si aplicamos estas dos acciones a la hora de relacionarnos con el entorno, el sistema simpático es el que nos empujaría a luchar o huir ante una situación de peligro, mientras que el parasimpático es el que nos llevaría a acercarnos al otro cuando nos sentimos seguros.

polyvagal_graphic.jpgPorges, sin embargo, señaló que nuestra organización interna es algo más complicada, y que nuestro sistema parasimpático (o nervio vago) se divide, a su vez, en dos: la rama dorsal (considerada más primitiva, porque la compartimos con los reptiles) y la rama ventral (compartida con los mamíferos). La rama ventral, la más “evolucionada” es la que se activa cuando nos relacionamos con otros de manera amistosa. Nos lleva a la colaboración, y por eso Porges lo llama el “sistema de conexión social”, encargado de regular las zonas del cuerpo que intervienen en este tipo de interacciones (la expresión facial, el tono de voz…).

La rama dorsal del sistema parasimpático, sin embargo, genera comportamientos de defensa primitivos, como el quedarse inmovilizado (el “shock” de la chica del caso La Manada). En un estado de estrés profundo (una situación de pánico) los mamíferos nos quedamos congelados: las funciones corporales se ralentizan, el corazón late al mínimo y la capacidad para sentir queda muy reducida. Se sufre una especie de entumecimiento, de apagón mental, y de distancia con relación al sentido de la propia identidad. Si el afectado se mantiene mucho tiempo en ese estado, el resultado puede ser letal.

Los humanos somos seres sociales. Ante una situación de amenaza en una persona sana, señala Porges, lo habitual en un ser humano es activar primero la rama ventral, buscando una solución amistosa al conflicto. El plan B consiste en hiperactivarnos, poniendo en marcha el sistema simpático (luchar o huir). El último recurso, cuando ya no hay nada que hacer, es hipoactivarnos recurriendo a la rama dorsal (quedarse inmovilizado).

Uno, como ser humano, se puede preguntar ¿pero para qué sirve hacerse el muerto? ¿Quién ha visto que uno se salve por no hacer nada? Resulta que en la selva o la sabana esto sí funciona, porque hay una ley no escrita entre los mamíferos que prohíbe alimentarse de los animales muertos, ya que pueden tener una enfermedad contagiosa o haber caído envenenados. Ése es nuestro ADN a la hora de defendernos.

A la hora de atacar, sin embargo, la cosa cambia, porque el ser humano saca rédito de esto: al tener córtex cerebral, y pensar, aprovecha consciente o inconscientemente en su favor su conocimiento de que cuando alguien se asusta suele quedar paralizado.

Un estudio realizado en Suecia en 2017 parece venir a confirmar la teoría de Porges. La investigación mostró que, de 298 mujeres analizadas que habían sufrido algún tipo de agresión sexual, el 70% sufrió una inmovilidad “significativa”, y el 48% una inmovilidad “extrema”.

El grado de inmovilidad que padecía la mujer al ser agredida estaba directamente conectado, según el estudio, con las probabilidades de que la víctima sufriera depresión profunda o estrés postraumático pasados los seis meses. El propio texto concluía que “tener conocimiento de esta reacción entre las víctimas de agresiones sexuales es importante en materia legal o en el cuidado de la salud”. Sería interesante que la ley se pusiera al día, si no ya con la lógica, al menos con la ciencia.

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Presas o cazadores

Alexander Lowen (1910-2008), uno de los grandes impulsores del análisis bioenergético, afirma en su libro “La depresión y el cuerpo” que la gente “puede dividirse en dos categorías: las autodirigidas y las heterodirigidas”, es decir, las que se dirigen desde el interior y las que se dejan dirigir desde fuera.

tigre.jpgObviamente, dice Lowen, no se trata de categorías absolutas, y cada uno dentro de esa división podemos escorarnos más en un sentido que en otro. Según él, una persona autodirigida tiene un fuerte y profundo sentido del yo y no se deja influir en sus actitudes o conducta por la influencia del entorno. Disfruta de un orden y estabilidad internos porque su personalidad se caracteriza por dos elementos: autoconciencia y autoaceptación. Y, a la hora de confiar en algo, confía en sí misma.

La persona heterodirigida, mientras tanto, tiende a la dependencia y necesita a los otros para apoyarse emocionalmente. Transfieren los problemas a los demás y les exigen su solución y, a la hora de confiar en algo, si es que lo consiguen, será siempre en algo ajeno a ellos mismos: una persona, una causa, un sistema…

No deben confundirse estos conceptos con la idea social de persona dependiente o independiente. Los intereses de los heterodirigidos suelen ir ligados hacia el exterior, lo que puede darles la imagen de persona ocupada y comprometida con el mundo. Pero las apariencias engañan y bajo la fachada de autosuficiencia se esconde una gran necesidad. Los heterodirigidos no son conscientes de su necesidad de dependencia, lo que los hace más propensos a caer en depresiones.

Para la Bioenergética, los heterodirigidos mostrarían unos rasgos de carácter orales por su necesidad infantil de apoyo, aceptación y una avidez del contacto físico que no fue satisfecho en los primeros meses de vida (entre los 6 meses y un año, aproximadamente). Si hiciéramos una valoración energética desde un punto de vista más “oriental”, quizás podríamos decir que las desregulaciones en los heterodirigidos serían evidentes en varios chakras o centros energéticos, desde el primero, (Muladhara, relacionado con nuestro derecho a existir), pasando por el segundo, (Svadhistana, relacionado con nuestro derecho a sentir y desear), y llegando al tercero (Manipura, conectado con nuestro derecho a actuar). Como con todo, con una base inestable es difícil construir luego un buen edificio.

Recientemente escuchaba a Pío Vucetich, chamán y psicólogo psicoanalista peruano, y me llamó la atención que explicara que desde la cosmovisión peruana las personas se dividen entre “presas y cazadores”, y que animara a los presentes a vivir sus vidas como cazadores, dueños de su destino, y no como presas agazapadas. Las presas, explicó, viven en el miedo, son pasivas, no deciden, no arriesgan, y están en una actitud de dependencia y huida. Los cazadores, en cambio, son activos, localizan su objetivo, lo estudian, y cuando llega el momento propicio van por él, sin dejarse guiar por el miedo.

La descripción de Vucetich me hizo recordar la clasificación de Lowen. Es curioso que desde lugares tan distintos se llegue a conclusiones tan parecidas.

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