Gurú o padre

lotoasana.jpegRecuerdo una ocasión, hace ya cierto tiempo, en que un hombre con una enfermedad bastante seria llamó a nuestra sala porque estaba buscando un instructor: quería que le enseñáramos a realizar la secuencia que ya le había diseñado un maestro indio. El hombre en cuestión no había hecho nunca yoga, su enfermedad hacía que tuviera una movilidad reducida y una de sus grandes preocupaciones era no poder sentarse en la postura del loto mientras realizaba las complicadas visualizaciones y respiraciones que le habían aconsejado. Quería que le explicáramos en una cita cómo poder mantener las posturas y luego practicar solo.

Yo le respondí que, en mi opinión, que pudiera cruzar las piernas en el loto o no, dada su condición, era bastante irrelevante, y que habría que adaptar las instrucciones a su condición, para que no provocar más tensión y que no se hiciera daño. También me aventuré a decirle que, aunque siguiera esa práctica que le había dado su maestro, tampoco estaría de más asistir de vez en cuando a clases suaves en las que se tuviera que mover, que era la indicación principal de la Medicina occidental para su enfermedad.

Mi contestación, que no era la que él deseaba, derivó en una serie de afirmaciones y más preguntas y respuestas que revelaron que su maestro estaba entre los top de los maestros de la India (a mí el nombre no me sonaba, pero tampoco eso quiere decir nada), y que él había estado viajando por todo el país para dar con él y que sabía de buena tinta que era el mejor, ya que entendía de eso. Le pregunté que a cuántos maestros más había conocido en su viaje a la India o en otros viajes para poder comparar y me dijo que a ningún otro. Le pregunté que cuánto tiempo había estado siguiendo a ese maestro y sólo se había tratado de una visita, de la que había regresado recientemente. Le pregunté que cómo había sido la entrevista privada que tuvo con él, de donde surgieron las instrucciones para tratarle, y me dijo que en realidad no había habido una entrevista de ese tipo. “¿Y cómo sabes que la práctica la ha hecho él, y no algún secretario suyo?” le pregunté (sí, a veces soy un poco fastidiosa con las preguntas). “No tengo ninguna duda de que son sus instrucciones”, me contestó.

Ni que decir tiene que el hombre en cuestión nunca volvió a contactarnos para que le ayudáramos a resolver el galimatías de respiraciones y visualizaciones manteniendo posturas imposibles para él que le habían prescrito. Esperaba una respuesta de completa devoción ante el tesoro indio que tenía entre manos y me pilló en un día pragmático. Pero su llamada me hizo cavilar durante cierto tiempo y la conclusión a la que llegué me ha venido de vuelta estas vacaciones, por distintos motivos.

Tengo la sensación de que, en el mundo espiritual, la relación con el maestro tiene muchas similitudes con la relación con los padres. Podemos estar ante nuestro maestro como un bebé o un niño muy pequeño, para el que cualquier cosa su padre resulta admirable o grandiosa, casi casi como si nuestro padre fuera un Dios, y cualquier crítica que escuchemos acerca del maestro o de su manera de hacer las cosas es automáticamente borrada de la consciencia. Podemos estar con nuestro maestro en lucha, como si fuéramos un adolescente peleado, cuestionando todo el tiempo y decepcionándonos al menor signo de incoherencia o debilidad (yo, lo confieso, estuve en esto bastante tiempo). O podemos estar como un adulto: viendo lo malo, observando los defectos y teniéndolos en cuenta, pero no por eso dejando de reconocer y respetar a la persona que tenemos enfrente, y dejándonos inspirar por todos sus logros. Asumiendo que imperfectos somos todos.

No es nada fácil transitar del niño al adulto, creo que es muy fácil saltar de niño a adolescente cuando surge un problema y desde ahí saltar a la busca de otro maestro-Dios, cuya imagen quizás al cabo del tiempo se desmoronará también. Pero la manera en la que vemos a nuestros maestros habla de cómo somos nosotros, no ellos, y merece la pena tomar conciencia sobre ello.

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Terapia de Liberación Miofascial: la caja de Pandora

Hace ya cinco años que comencé a escribir este blog (de manera más o menos periódica…). No me fijo en los temas que parecen tener más “éxito” entre los lectores para decidir sobre qué escribir: lo hago en ratos libres, porque me gusta reflexionar y escribir y para compartir aquello sobre lo que estoy dando vueltas mentales (públicamente declarables 😉 )

myofascialPero ocurre que cuando a veces echo un vistazo a las estadísticas del blog casi siempre hay visitas a una pequeña entrada que escribí hace unos años. Se llama “Liberar las fascias, liberar las tensiones” y sin comerlo ni beberlo se ha convertido en la segunda entrada más exitosa del blog (la primera es ésta, donde hablo del librito “Emocionario”).

Hasta ahí todo bien. La cuestión es que resulta que ya no estoy demasiado de acuerdo con lo que escribí entonces y me gustaría matizarlo, para que aquellos que leen esa entrada puedan leer, si les interesa, esta opinión también (aclaro, en cualquier caso, que yo de experta en fascias tengo poco y que en ambos casos estoy compartiendo mi experiencia).

Probé la terapia de liberación miosfascial porque tenía molestias físicas recurrentes y la visita semanal o quincenal al fisioterapeuta no lograba resolver el problema. Me comentaron que era un trabajo más sutil y profundo, me sonó interesante y acepté la propuesta. Mirando atrás, sin embargo, diría que para mí en particular no fue una buena idea hacer este tipo de terapia porque hizo que despertara, descontrolada, una enfermedad que llevaba más de una década dormitando sin molestar demasiado… Sigue así a día de hoy.

He oído hablar mucho de las crisis de sanación, de cómo se supone que enfermas y te pones peor al seguir ciertos tratamientos y al cabo de unos días o semanas acabas recuperándote. No dudo que esto ocurra a ciertas personas, pero yo recuerdo haber vivido tres experiencias de ese tipo (con distintos tratamientos) y en ninguna ocasión logré salir de forma airosa y saludable de las crisis, tal y como me habían prometido que ocurriría.

Hace poco, mientras daba vueltas a la “popularidad” del post sobre las fascias, decidí consultar sobre el tema a una “multiterapeuta” a la que suelo acudir (es médico, aunque se alejó de la medicina convencional, y posee numerosa formación y años de experiencia en terapias alterativas y terapias corporales). Le pregunté simplemente: “¿Qué opinas de la terapia de liberación miofascial?”. Y me respondió: “Es abrir la caja de Pandora”.

Soy bastante curiosa y me gusta probar cosas distintas, pero cada vez soy más reticente a la “vía rápida”. Las fascias son almacenes de una gran cantidad de contenido emocional, incluso trauma. Creo que es un error que los fisioterapeutas (en España son los que realizan este tipo de terapia), quienes no tienen ningún tipo de preparación psicológica (más allá de “sí, a veces a la gente le tocas en un sitio y llora”) hagan un trabajo de liberación miofascial.

Quizás sólo deberían hacer ese tipo de manipulación psicoterapeutas corporales muy bien preparados, como un método más de sanación integral dentro de un proceso que se esté realizando. Quizás ni siquiera. Me llama la atención que busco en internet información sobre las fascias, las crisis de sanación y su efecto psicológico y no encuentro nada al respecto, ni una sola voz en contra, o recomendando cautela… ¡Conocemos tan poquito, aún hoy día, de cómo funciona nuestro cuerpo! A veces jugamos con fuego y ni siquiera lo sabemos.

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