Humor y censura

Hace poco una amiga cercana me contaba su problema. Recientemente ha conocido a un hombre, que según ella no es “su tipo” y con el que las cosas (quizás por ese motivo) parecen avanzar sorprendentemente bien. Sin embargo, me decía, cuando en alguna ocasión le ha hecho algún comentario cariñoso “va y me suelta una broma”. La primera vez ni se enteró bien de lo que pasaba y del cambio de “frecuencia” generado por el comentario jocoso. La segunda se frustró. A la tercera le espetó sin pensarlo mucho (luego se arrepentiría): “¿tú cada vez que hay una situación un poco íntima sueltas un chiste?”. 

masksmilingLa preocupación principal de mi amiga era que las “maniobras de despiste” de su nuevo compañero fueran un rechazo a intimar con ella y que las cosas no estuvieran yendo tan viento en popa como ella se creía. ¿Le estaba marcando la línea roja que no debía traspasar? ¿Estaba exagerando? ¿Qué es lo que les estaba pasando?

Solemos considerar el humor y la risa como un método para relajarnos y generar momentos distendidos, como un canal para crear confianza, compartir y acercarnos al otro. También como una muestra de ingenio, de inteligencia. Incluso, en el mundo de la espiritualidad, se ven como señas inequívocas de estar avanzando en el camino que aumenten la alegría y el sentido del humor.

Sin embargo, el humor es también uno de los mecanismos de censura social más efectivos e implacables. Pensamos en las burlas hirientes de los niños o adolescentes en el colegio, pero puede ser algo más sutil. Siempre me acordaré de una ocasión en la que estaba con una de mis sobrinas (qué grandes maestros los niños). Era aún bastante pequeña. Estábamos juntas en el salón de su casa y ella comenzó a tirarse pedos. Se tiró uno, me reí sorprendida e hice un comentario irrelevante entre risas. Se tiró otro, volvió a escapárseme la risa y ella me dijo “no te rías”. Pero al cabo de un rato se tiró otro pedo más, yo me reí una tercera vez, y ella exclamó, entre enfadada y dolida “¡¡que no te rías!!”. Nunca habría pensado, si no hubiese visto su cara, que yo estaba usando mi risa, de forma totalmente automática e inconsciente, como el mecanismo social para reprimir el “descarrilamiento” social que representa tirarse un pedo en un salón (después descubriría que el francés Henri Bergson escribió ensayos sobre este tema a principios del siglo XX y dejó dichas frases como que “en la risa siempre encontramos una intención no confesada de humillar y en consecuencia corregir a nuestro vecino”).

¿Qué decirle a mi amiga sobre su nueva pareja? ¿Qué decirle a cualquier persona que recibe una risa, o una broma, cuando no es eso lo que anda buscando? Se me ocurre comentarle que tenga paciencia y que su pareja, que ahora se ríe, probablemente encontró bromas similares cuando de niño se mostró más sensible, más vulnerable. Que ante su necesidad espontánea de intimar seguramente recibió, de forma repetida, un buen jarro de risa fría (de hecho, me atrevería a añadir, qué escena tan típicamente masculina, o española: hombres que bromean).

Y me quedo con esta otra frase de Henri Bergson para terminar, y reflexionar: “Nuestra risa es siempre la risa de un grupo”.

Advertisements
Posted in Coaching, Psicología, Uncategorized | Tagged , , , , , | Leave a comment

Cuando te enfrentas a un terrorista diciendo ‘stop’

El otro día charlaba con una persona conocida y por algún motivo nuestra conversación derivó hacia el atentado del pasado 3 de junio en Londres y a la manera en que la mayoría de testigos reaccionaron cuando los terroristas atropellaron a decenas de personas y después irrumpieron, cuchillos de 30 centímetros de hoja en mano, en un mercado gastronómico.londonattackLa prensa habla de testigos diciendo ‘stop’, y de que los más aguerridos se enfrentaron a los atacantes insultándolos o lanzándoles vasos o sillas. También relata que la policía tenía que gritar a los presentes que corrieran y huyeran del lugar.

Según desarrolló en los años 90 el investigador estadounidense Stephen W. Porges en su “teoría polivagal”, los seres humanos, al igual que los mamíferos superiores, tenemos tres vías para reaccionar, y no dos como se creía hasta entonces, ya que nuestro sistema nervioso parasimpático, el encargado de “relajarnos”, es como si estuviese dividido en dos. Cuando un animal se siente amenazado su reacción principal es la de atacar y defenderse, si tiene posibilidades de éxito, o huir si siente que no las tiene, poniendo en funcionamiento el sistema nervioso simpático (algo así como el “acelerador” de un coche). Si no puede hacerlo, un mamífero reduce sus funciones vitales y se paraliza haciéndose el muerto (siguiendo con el símil del coche, sería una especie de “freno de mano”, a cargo del sistema nervioso parasimpático dorsal). Paralizarse puede ser clave para la supervivencia, porque hay una especie de ley no escrita en el mundo “salvaje” que hace que la mayoría de animales no quiera comerse un cadáver, por el riesgo de que pueda estar enfermo o ser tóxico.

Porges vio que los humanos y otros mamíferos sociales contamos también con un freno (el sistema nervioso parasimpático ventral) que nos invita a socializar y resolver los problemas de manera amigable, buscando la relación con el otro. Es el primer recurso de una persona criada en un entorno seguro y que no ha sufrido algún tipo de trauma previo. Es lo que nos permite vivir en comunidad.

La conversación sobre el atentado me hizo pensar en Porges y su teoría polivagal. Porque… ¿Parece sensato decir “para” cuando alguien se te acerca con un cuchillo jamonero en mano? ¿Es buena idea insultarle, tirarle un vaso o una silla a un terrorista, como si estuvieras teniendo una riña con el novio, o alejarte del lugar portando la pinta de cerveza y caminando despacio para no derramar ni una gota? (es una de las imágenes que se ha hecho viral en las redes inglesas). ¿Qué les hizo pensar a varias de las víctimas que podían acercarse a socorrer o proteger a los heridos sin armas similares a los de los atacantes y que saldrían ilesos? Creo que es bastante evidente que ninguno de ellos estaba teniendo una respuesta adaptada a la situación que se les había presentado, aunque ahora podamos verlos como actos heroicos y, desde luego, lamentemos el desgraciado final de las víctimas.

Es posible que muchos de nosotros hubiésemos tenido una respuesta igual de “inadecuada”, buscando la relación con el otro, activando el sistema nervioso parasimpático ventral, según la visión de Porges, o acalorándonos hasta llegar al insulto, pero tampoco mucho. En este lado relativamente cómodo y seguro del planeta que nos ha tocado tenemos ” microestreses”, fuentes continuas de tensión con las que convivimos, pero que no hacen que nuestras vidas peligren realmente, o no de manera dramática. Y cuando nos encontramos con un terrorista empuñando un machete no se nos ocurre otra cosa que lidiar con él como si estuviéramos en una riña de borrachos.

CORRE, ESCÓNDETE, LLAMA

La policía inglesa lo sabe, lo ha visto. Y por eso ha decidido poner en marcha una campaña bajo el título de “run, hide, tell” (corre, escóndete, avisa), explicando, paso por paso, lo que hay que hacer si vuelve a producirse una amenaza similar, y poniendo tan sólo en tercer lugar el llamar a la policía. Mientras esto pasa en Gran Bretaña, los medios digitales reproducen un vídeo del otro lado del planeta, China, donde se ve a una mujer doblemente atropellada en un cruce y donde nadie, ni conductores ni transeúntes, se detienen a socorrerla. Extremo contrario del planeta y reacción diametralmente opuesta. Leo comentarios consternados en redes sociales, preguntándose hacia dónde nos estamos dirigiendo (aunque la impasibilidad china ya se hizo famosa en episodios como la masacre de Nankín, antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando fueron invadidos por Japón y los habitantes apenas opusieron resistencia). Creo que el episodio de la mujer atropellada también muestra una respuesta inadecuada. En este caso, siguiendo la teoría de Porges, se diría que conductores y transeúntes entraron en un estado más parecido a la parálisis. Echaron el freno de mano emocional y fueron incapaces de empatizar con quien tenían enfrente.

No tengo una solución para nada de esto. A mí también me gustaría que no hubiera ataques terroristas, y que pudiéramos resolver nuestras diferencias de otras maneras… También sé que es poco factible, y que a mí, en mi día a día, me queda muy lejano. Lo que sí percibo es que hay una falta de realidad, de conexión con lo más esencial, la supervivencia, de reacción adaptada a la necesidad del momento… Una falta, en suma, de fuerza interna, de vitalidad, y que eso sí nos afecta directamente a todos. Y creo que sobre eso sí podemos trabajar.

 

Posted in Uncategorized | Leave a comment