Retratos salvajes

Retratos salvajes / daltitcoachingEstaba una tarde en casa, hace unos días, sentada en mi cojín y lista para meditar, cuando de repente las paredes comenzaron a retumbar al ritmo de música heavy metal, algo que, en los casi tres años que llevo en la casa, no había ocurrido nunca. Intenté durante unos minutos mantener la calma y el plan de meditar por aquello de que se supone que no debemos dejarnos alterar por las circunstancias externas (ilusa). Minutos más tarde decidí que mejor lo dejaba para otro momento… Unos minutos más y ya estaba desquiciada como hámster correteando en la rueda de su jaula, sin saber cómo escapar.

Me encaminé decidida escaleras arribas, hacia al apartamento de donde salía la música. Ladró un perro, abrieron la puerta y desde abajo (mientras sujetaba, deduje, al perro para que no me saltara) apareció la cara desconocida de un tipo de nariz ganchuda y dientes de sarro marrones como salido de Wisconsin, y a la mente me vino alguna escena truculenta de las películas de los hermanos Coen, con desequilibrados que mascan tabaco y donde, a la que te despistas, se deshacen de tu cuerpo en una trituradora (sí, a veces soy un poco peliculera). Yo, básicamente, le dije a mi vecino que la música estaba tan alta que retumbaba toda mi casa. Él, básicamente, me dijo que no eran las tres de la mañana para que me pusiera a protestar y que la bajaría si le parecía, tras lo que se despidió abruptamente soltándome un portazo en la cara.

Así que bajé a casa, cabreada porque además llovía y no me apetecía salir a la calle. Y entonces la música bajó (poco) y comenzó a sonar una taladradora. Y entonces entendí dos cosas: una, que efectivamente los vecinos de arriba no podían llevar mudándose y colgando cuadros año y medio, sino que lo de taladrar y martillear debía de tratarse de un hobby; y dos, que mi vecino, tras nuestro encuentro, probablemente estaba tan molesto y fastidiado como yo. Y así fue como mi siguiente salto cinematográfico me llevó a la película argentina “Relatos salvajes”.

Para los que no la hayan visto, la película, que se ha convertido un poco en el furor de la temporada otoñal en Madrid, se compone de pequeñas historias que en su mayoría responden a una pregunta: ¿Qué pasaría si te dejaras llevar por tu rabia, hasta el final, en lugar de frenarla? Eso es lo que hacen los protagonistas, y el resultado es liberador, no tanto para ellos, que salen más bien malparados, como para los espectadores. Fue algo que no fui totalmente capaz de valorar mientras la veía, ya que me cuesta encontrar el humor en la violencia. Hasta que conocí a mi vecino de arriba y me imaginé batallando a mordiscos con él, con su perro y con la taladradora. Y sonreí y me sentí mucho más aliviada.

En las prácticas orientales la instrucción general es observar la emoción perturbadora que nos asalta y “disolverla”, dejando que se libere (salvo el Tantra, que lo pone aún más difícil y anima a fundirse con la emoción y, una vez inmerso en ella, trascenderla y alcanzar la lucidez).

Si bien es cierto que la práctica meditativa ayuda (¡poco a poco!) a ir aprendiendo a soltar y desengancharse más rápido, incluso de emociones tan perturbadoras como la ira, porque se entiende mejor su naturaleza impermanente, también es cierto que se producen desbloqueos que, paradójicamente, hacen que aquello que se siente se llegue a sentir más intensa y nítidamente. Entre los practicantes occidentales, quizá porque nuestra educación no nos ha permitido reconocer y canalizar nuestras emociones, suele pasar que en lugar de observar y disolver la emoción lo que hacemos es observarla y contenerla, y no es raro ver a practicantes con años de experiencia y cuerpos llamativamente tensos y rígidos.

Cuentan que Alexander Lowen, el gran desarrollador del análisis bioenergético (que estudia las relaciones entre los problemas psicológicos y los bloqueos corporales) seguía, a edad avanzada, dando raquetazos contra un colchón para descargar su rabia. Vivió 98 años.

Supongo que la solución consiste en combinar y no cerrarse a nada. Dar raquetazos contra un colchón, recurrir al humor como en “Relatos salvajes”… ¿Qué otros métodos puede haber para liberar la rabia en particular, y nuestras emociones en general? Se aceptan propuestas.

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About Débora Altit

Periodista con más de diez años de experiencia en Periodismo y Comunicación, buena parte de ellos en China. Profesora de yoga, yogaterapia y meditación. Coach y practitioner de PNL. Con formación en Proceso Corporal Integrativo (PCI), Bioenergética, Biodanza... Interesada en el desarrollo personal a través del trabajo integrado de cuerpo y mente.
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