Presas o cazadores

Alexander Lowen (1910-2008), uno de los grandes impulsores del análisis bioenergético, afirma en su libro “La depresión y el cuerpo” que la gente “puede dividirse en dos categorías: las autodirigidas y las heterodirigidas”, es decir, las que se dirigen desde el interior y las que se dejan dirigir desde fuera.

tigre.jpgObviamente, dice Lowen, no se trata de categorías absolutas, y cada uno dentro de esa división podemos escorarnos más en un sentido que en otro. Según él, una persona autodirigida tiene un fuerte y profundo sentido del yo y no se deja influir en sus actitudes o conducta por la influencia del entorno. Disfruta de un orden y estabilidad internos porque su personalidad se caracteriza por dos elementos: autoconciencia y autoaceptación. Y, a la hora de confiar en algo, confía en sí misma.

La persona heterodirigida, mientras tanto, tiende a la dependencia y necesita a los otros para apoyarse emocionalmente. Transfieren los problemas a los demás y les exigen su solución y, a la hora de confiar en algo, si es que lo consiguen, será siempre en algo ajeno a ellos mismos: una persona, una causa, un sistema…

No deben confundirse estos conceptos con la idea social de persona dependiente o independiente. Los intereses de los heterodirigidos suelen ir ligados hacia el exterior, lo que puede darles la imagen de persona ocupada y comprometida con el mundo. Pero las apariencias engañan y bajo la fachada de autosuficiencia se esconde una gran necesidad. Los heterodirigidos se engañan a sí mismos y no son conscientes de su necesidad de dependencia, lo que los hace más propensos a caer en depresiones.

Para la Bioenergética, los heterodirigidos mostrarían unos rasgos de carácter orales por su necesidad infantil de apoyo, aceptación y un avidez del contacto físico que no fue satisfecho en los primeros meses de vida (entre los 6 meses y un año, aproximadamente). Si hiciéramos una valoración energética desde un punto de vista más “oriental”, quizás podríamos decir que las desregulaciones en los heterodirigidos serían evidentes en varios chakras o centros energéticos, desde el primero, (Muladhara, relacionado con nuestro derecho a existir), pasando por el segundo, (Svadhistana, relacionado con nuestro derecho a sentir y desear), y llegando al tercero (Manipura, conectado con nuestro derecho a actuar). Como con todo, con una base inestable es difícil construir luego un buen edificio.

Recientemente escuchaba a Pío Vucetich, chamán y psicólogo psicoanalista peruano, y me llamó la atención que explicara que desde la cosmovisión peruana las personas se dividen entre “presas y cazadores”, y que animara a los presentes a vivir sus vidas como cazadores, dueños de su destino, y no como presas agazapadas. Las presas, explicó, viven en el miedo, son pasivas, no deciden, no arriesgan, y están en una actitud de dependencia y huida. Los cazadores, en cambio, son activos, localizan su objetivo, lo estudian, y cuando llega el momento propicio van por él, sin dejarse guiar por el miedo.

La descripción de Vucetich me hizo recordar la clasificación de Lowen. Es curioso que desde lugares tan distintos se llegue a conclusiones tan parecidas.

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Amor. Entrega. Sacrificio

dancers.jpegA menudo las relaciones amorosas no funcionan por nuestra incapacidad para “entregarnos”. Podemos estar en la relación desde el sexo, o podemos estar desde algo más cariñoso y tierno, pero no podemos estar a la vez, plenamente, mostrándonos desde todas las facetas de nuestra ser, uniendo, como se dice a veces, sexo y corazón (o las partes superior e inferior de nuestro cuerpo). No nos entregamos totalmente.

Existe la idea de que me entrego al otro si me esfuerzo por el otro, me doy, me sacrifico. Muchos hemos tenido, o hemos conocido, padres (y especialmente madres) abnegados, que se sacrificaban continuamente por nosotros: por nuestro bienestar ponían su vida al servicio de la nuestra.

Desde la visión bioenergética, la entrega no surge del esfuerzo, y aún menos del sacrificio. Entregarse es dejarse ir. Es abandonarnos, sacar el corazón de la jaula y sentir nuestros sentimientos, nuestras necesidades, nuestras “imperfecciones”. Es lanzarse a lo que surja, y lo que surge a menudo comienza por conectar con la herida de esa necesidad infinita de amor que tuvimos de niños y que no nos dieron. Me entrego, me abro a mi propio corazón, y aparecen todas esas cosas: tristeza, dolor, rabia…

Si soy capaz de sostenerlo, al menos suficientemente, me acepto y amo. El amor, pues, llega de dentro. Es una frase muy trillada, pero cierta… Cuando me abro a sentirme, cuando me entrego a mi propio corazón, es cuando empiezo a sentir un amor saludable y realista. No me entrego a otro, me entrego a amar. Si me entrego junto a un otro que también se entrega, en esa entrega mutua surge una fusión. Y si he alcanzado (suficientemente) esa forma de amor, cuando se produce el desamor y termina la fusión con el otro la caída no es tan profunda.

En el sacrificio ocurren otras cosas. Los sacrificios generan en los que los hacen un deseo de recompensa, o cuando menos de reconocimiento, y en los beneficiados una sensación de falta, o incluso de culpa. La balanza se inclina hacia un lado y genera un desajuste grande. Desde cualquiera de los dos lados es fácil caer en la rabia, más o menos explícita.

Es difícil llegar a un estado de amor, de aceptación de uno mismo, de entrega, cuando el amor genera y equivale a deuda.

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