¿Qué necesitas?

Hace no mucho, en un reencuentro reciente con un antiguo amigo, comenzamos a ponernos al día sobre cómo habían cambiado nuestras vidas y la conversación terminó derivando hacia el tema de las relaciones. Mi amigo hablaba de los problemas con su ex pareja y de la brecha que a veces le parecía insalvable entre hombres y mujeres. Me hablaba de su frustración cuando una mujer le cuenta un problema, a él le sale poner toda la energía en buscar soluciones y la mujer se molesta porque sólo quiere ser escuchada, y a ser posible recibir contacto físico. Me hablaba de que la frustración va en sentido contrario también, y que cuando tiene un problema necesita espacio y lo último que quiere es que se le acerquen a darle un abrazo.

Seguimos hablando y llegamos a la conclusión de cuánto cambiarían las cosas si nos grabáramos “a fuego” una pregunta sencilla, que es habitual en ciertos ámbitos psicoterapéuticos pero que la gente en la calle no suele plantear nunca, y que consiste simplemente en preguntarle al otro: “¿Qué necesitas?”, o su variante “¿qué necesitas de mí?”.

Teen coupe looking at each other wondering.La pregunta me parece que es poderosa en varios sentidos. En primer lugar, lleva al que la hace a colocarse a la escucha de la verdadera necesidad del otro, a ponerse en el papel de receptor en lugar de pretender ser el protagonista.

En segundo lugar está el aspecto de la responsabilidad. Si pregunto al otro qué necesita, o qué necesita de mí, y recibo una respuesta, luego si hago las cosas de otra manera no puedo autoengañarme: es evidente que no he respetado su necesidad. Pero, a la vez, visto desde el otro lado, si cuando estoy en el medio de un problema el que tengo enfrente me pregunta qué necesito, con ello está recordándome, mientras me pone un límite respetuoso, que yo soy responsable de conocer mis propias necesidades, y que si ni yo mismo sé responder a esa pregunta menos va a saberlo él.

Por último está lo que para mí es un poco el “aspecto invisible” de la pregunta, su cualidad creadora. La mayoría de las veces que estamos atorados con un problema ni sabemos qué nos ayudaría a sentirnos mejor. Damos vueltas y vueltas al asunto, nos zambullimos en parloteos infinitos (en voz alta o en un monólogo interno) y no encontramos la manera de estar más en paz. Preguntarle al otro es como abrir una brecha dentro de su bucle y darle la mano para que salga de él, apuntándole el camino de salida.

Pienso que hacer y contestar esta pregunta con frecuencia puede hacernos mucho bien. A menudo ponemos mucho poder y expectativas en lo de afuera, y esperamos que los otros resuelvan lo que ni nosotros mismos sabemos qué es, simple y llanamente porque hemos perdido el contacto con nosotros mismos. No hay que temer apoyarse en brújulas sencillas para poder encontrar el camino a casa.

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Gurú o padre

lotoasana.jpegRecuerdo una ocasión, hace ya cierto tiempo, en que un hombre con una enfermedad bastante seria llamó a nuestra sala porque estaba buscando un instructor: quería que le enseñáramos a realizar la secuencia que ya le había diseñado un maestro indio. El hombre en cuestión no había hecho nunca yoga, su enfermedad hacía que tuviera una movilidad reducida y una de sus grandes preocupaciones era no poder sentarse en la postura del loto mientras realizaba las complicadas visualizaciones y respiraciones que le habían aconsejado. Quería que le explicáramos en una cita cómo poder mantener las posturas y luego practicar solo.

Yo le respondí que, en mi opinión, que pudiera cruzar las piernas en el loto o no, dada su condición, era bastante irrelevante, y que habría que adaptar las instrucciones a su condición, para que no provocar más tensión y que no se hiciera daño. También me aventuré a decirle que, aunque siguiera esa práctica que le había dado su maestro, tampoco estaría de más asistir de vez en cuando a clases suaves en las que se tuviera que mover, que era la indicación principal de la Medicina occidental para su enfermedad.

Mi contestación, que no era la que él deseaba, derivó en una serie de afirmaciones y más preguntas y respuestas que revelaron que su maestro estaba entre los top de los maestros de la India (a mí el nombre no me sonaba, pero tampoco eso quiere decir nada), y que él había estado viajando por todo el país para dar con él y que sabía de buena tinta que era el mejor, ya que entendía de eso. Le pregunté que a cuántos maestros más había conocido en su viaje a la India o en otros viajes para poder comparar y me dijo que a ningún otro. Le pregunté que cuánto tiempo había estado siguiendo a ese maestro y sólo se había tratado de una visita, de la que había regresado recientemente. Le pregunté que cómo había sido la entrevista privada que tuvo con él, de donde surgieron las instrucciones para tratarle, y me dijo que en realidad no había habido una entrevista de ese tipo. “¿Y cómo sabes que la práctica la ha hecho él, y no algún secretario suyo?” le pregunté (sí, a veces soy un poco fastidiosa con las preguntas). “No tengo ninguna duda de que son sus instrucciones”, me contestó.

Ni que decir tiene que el hombre en cuestión nunca volvió a contactarnos para que le ayudáramos a resolver el galimatías de respiraciones y visualizaciones manteniendo posturas imposibles para él que le habían prescrito. Esperaba una respuesta de completa devoción ante el tesoro indio que tenía entre manos y me pilló en un día pragmático. Pero su llamada me hizo cavilar durante cierto tiempo y la conclusión a la que llegué me ha venido de vuelta estas vacaciones, por distintos motivos.

Tengo la sensación de que, en el mundo espiritual, la relación con el maestro tiene muchas similitudes con la relación con los padres. Podemos estar ante nuestro maestro como un bebé o un niño muy pequeño, para el que cualquier cosa su padre resulta admirable o grandiosa, casi casi como si nuestro padre fuera un Dios, y cualquier crítica que escuchemos acerca del maestro o de su manera de hacer las cosas es automáticamente borrada de la consciencia. Podemos estar con nuestro maestro en lucha, como si fuéramos un adolescente peleado, cuestionando todo el tiempo y decepcionándonos al menor signo de incoherencia o debilidad (yo, lo confieso, estuve en esto bastante tiempo). O podemos estar como un adulto: viendo lo malo, observando los defectos y teniéndolos en cuenta, pero no por eso dejando de reconocer y respetar a la persona que tenemos enfrente, y dejándonos inspirar por todos sus logros. Asumiendo que imperfectos somos todos.

No es nada fácil transitar del niño al adulto, creo que es muy fácil saltar de niño a adolescente cuando surge un problema y desde ahí saltar a la busca de otro maestro-Dios, cuya imagen quizás al cabo del tiempo se desmoronará también. Pero la manera en la que vemos a nuestros maestros habla de cómo somos nosotros, no ellos, y merece la pena tomar conciencia sobre ello.

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