Meditación de invierno

En estos días en que comenzamos a zambullirnos en el invierno, y en los que, a la vez, nos sacuden los excesos de las Navidades, resulta fácil perderse a uno mismo en el camino de las celebraciones y desconectar de la invocación que la Naturaleza nos hace, la llamada al recogimiento y la calma.

arbolsinhojasYa no sufrimos de hambrunas invernales: disfrutamos de supermercados abiertos y repletos de ofertas los 365 días del año. Ni siquiera sufrimos fríos mortales (para eso hay calefacción), ni largas y oscuras noches (ahí está la electricidad). Sin embargo la Naturaleza tiene un tempo, y aunque no seamos conscientes de ello, ni queramos serlo, nuestro cuerpo y nuestro inconsciente bailan a su ritmo. Es normal querer parar o dormir más en estas fechas. No hay nada malo en querer recogerse más, o en decir “no” más a menudos a las propuestas de planes. Son ciclos. Y los problemas que salen más caros a largo plazo derivan de nos escucharnos.

Para estas fechas, en las que el trajín externo es tan intenso que resulta fácil desconectarse de uno mismo, propongo hacer una meditación sencilla, que se puede repetir varios días, antes y después del fin de año, como una especie de “ensayo” y a la que podemos dedicarle un “momento de honor”, haciéndola más extensa, entre los días 31 y 1.

Consistiría simplemente en sentarnos y dedicarnos a percibir nuestra respiración. Inhalando, exhalando, y dejando que la respiración fuese lo más libre posible. Y mientras hacemos esto, tener presente que nuestra respiración es la metáfora más nuestra, más cercana, de los ciclos que constituyen la vida. La inhalación en la que tomamos del exterior, y nos nutrimos. La exhalación en la que devolvemos al exterior, y nos deshacemos de lo que no necesitamos. Tomamos, y damos. Nos nutrimos, excretamos. Somos activos y nos comemos la vida, somos pasivos y nos abandonamos.

Y mientras seguimos así, notando que somos vida precisamente porque ambos aspectos están representados dentro de nosotros, podemos comenzar a hacer, poco a poco, exhalaciones más largas. De manera gradual, para que sea algo fácil, cómodo. Relajado. Y haciéndolo así llega un momento en que también, de manera casi natural, resultará sencillo quedarnos sin aire unos momentos e introducir una retención a pulmón a vacío.

Si la respiración fuera una metáfora de las estaciones del año, para mí la exhalación es como el otoño, y la retención a pulmón vacío es el invierno. Es la parte más cruda, es quedarse en lo mínimo, llegar al esqueleto de uno mismo, igual que los árboles sin hojas. Algo que asusta un poco, parece que de ahí a desaparecer hay un paso. Pero entonces llega la inhalación, y entra más fácil, y de forma fluida se hace más sitio.

Así que podemos estar alargando las exhalaciones durante un rato, el que queramos, visualizando aquello de lo que queremos desprendernos porque empieza a pesarnos, o aquello con lo que hemos cargado y ahora vemos que en realidad no es nuestro. O sucesos del año, que nos han impactado. Podemos adjudicarles un contenido concreto si vamos a practicar durante un rato largo o simplemente imaginarlo como un humo o un vapor gris que sale de nuestras fosas nasales, o como un líquido viscoso que emana de nuestros poros.

Cuando lo sintamos, dejando a una lado las prisas, añadiremos las retenciones a pulmón vacío.

Si nos dedicamos el tiempo suficiente para hacer esta práctica, yo añadiría que las últimas respiraciones se enfocaran en inhalar más largo (soltando las retenciones a pulmón vacío, y las exhalaciones largas). Si la respiración fuera una metáfora de las estaciones del año, para mí la inhalación sería como la primavera, y la retención a pulmón lleno como un verano, en el que se saca el máximo partido del oxígeno del aire que respiramos. En cada estación está la semilla de la siguiente, y aunque ahora estemos entrando en el invierno, a la vez los días comienzan a ser más largos, como anunciando la futura primavera. Así que terminaría con este recuerdo, con unas últimas inhalaciones largas, y algunas retenciones a pulmón lleno, para no perder de vista la escena total, el ciclo que busca autocompletarse.

¡Espero que os sirva! Buenas fiestas para todos 🙂

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En defensa de la sensibilidad

pinza yogaUna de las instrucciones esenciales del Yoga y de otros caminos espirituales es mantener la misma actitud ante los halagos que antes las críticas, es decir, mantenerse desapegado y no dejarse llevar por las influencias externas, en un sentido u otro. Dar clase implica estar frecuentemente en el punto de mira, así que visto así es una oportunidad constante para practicar el mantenerse en la línea intermedia. Pero no siempre nos levantamos (yo, desde luego, no) con la misma sabiduría, ni con la misma calma.

A medida que voy evolucionando en la práctica y en la enseñanza del yoga físico, el transmitir el valor de la sensibilidad se ha ido convirtiendo en uno de mis principales pilares (de ello agradezco especialmente a Godfrey Devereux, aunque no siga sus enseñanzas fielmente). Por ello es todo un reto cotidiano encontrarme a algunos alumnos (recuerdo a una alumna en concreto) y ver cómo evitan las clases más suaves y de trabajo más sutil (o ponen caras cuando “no les queda más remedio” que acudir) y cómo buscan las clases más dinámicas o intensas y me halagan después por ellas, como alentándome a que deje de impartir las clases que no les gustan. A esta alumna en cuestión me recuerdo intentando explicarle en ocasiones el por qué “lo otro”, que tanto le aburría, tenía un gran valor.

Esta alumna se quedó embarazada y hace no mucho, tras un periodo de ausencia, se me acercó al final de una clase para decirme cuánto se había acordado de mí y de mis charlas animándola a apreciar lo pausado y a desarrollar conciencia de lo sutil. Fue una nueva práctica de humildad, porque por mucha charla que yo suelte sobre el tema que sea y por mucho que intente dar argumentos sobre lo que hago, al final no hay nada comparable a las experiencias vitales para alcanzar ciertas comprensiones.

Hoy he tenido en clase una alumna que venía por primera vez a la sala, aunque había practicado un estilo específico de yoga. Apareció con sus ‘leggins’ y su sujetador deportivo, preparada para darse la sudada, y en un momento dado tuvo que ponerse una camiseta porque tenía frío. También, en un momento dado soltó en voz alta delante del grupo un “esta clase no es para mí”. A veces me lo tomo con mejor humor, pero hoy tengo el día más “torcido” y me da tristeza constatar, una vez más, que el mundo en el que vivimos no para de incentivar la acción, la intensidad y la actividad hasta la locura, y que la necesidad de “de-mostrarse” y de usar el cuerpo como un objeto para el lucimiento es tan patente que se instaló hace tiempo, también, en la práctica de yoga.

Todo esto me hace recordar las palabras del psicólogo peruano y experto en medicina amazónica Pío Vucetich, que dice que en Occidente la sensibilidad se considera un defecto porque se identifica con debilidad, mientras que en las tradiciones más conectadas con su pasado la sensibilidad es una cualidad valiosa, y los más sensibles son respetados por ello. En fin, seguiré buscando aportar mi granito de arena.

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