Terapia de Liberación Miofascial: la caja de Pandora

Hace ya cinco años que comencé a escribir este blog (de manera más o menos periódica…). No me fijo en los temas que parecen tener más “éxito” entre los lectores para decidir sobre qué escribir: lo hago en ratos libres, porque me gusta reflexionar y escribir y para compartir aquello sobre lo que estoy dando vueltas mentales (públicamente declarables 😉 )

myofascialPero ocurre que cuando a veces echo un vistazo a las estadísticas del blog casi siempre hay visitas a una pequeña entrada que escribí hace unos años. Se llama “Liberar las fascias, liberar las tensiones” y sin comerlo ni beberlo se ha convertido en la segunda entrada más exitosa del blog (la primera es ésta, donde hablo del librito “Emocionario”).

Hasta ahí todo bien. La cuestión es que resulta que ya no estoy demasiado de acuerdo con lo que escribí entonces y me gustaría matizarlo, para que aquellos que leen esa entrada puedan leer, si les interesa, esta opinión también (aclaro, en cualquier caso, que yo de experta en fascias tengo poco y que en ambos casos estoy compartiendo mi experiencia).

Probé la terapia de liberación miosfascial porque tenía molestias físicas recurrentes y la visita semanal o quincenal al fisioterapeuta no lograba resolver el problema. Me comentaron que era un trabajo más sutil y profundo, me sonó interesante y acepté la propuesta. Mirando atrás, sin embargo, diría que para mí en particular no fue una buena idea hacer este tipo de terapia porque hizo que despertara, descontrolada, una enfermedad que llevaba más de una década dormitando sin molestar demasiado… Sigue así a día de hoy.

He oído hablar mucho de las crisis de sanación, de cómo se supone que enfermas y te pones peor al seguir ciertos tratamientos y al cabo de unos días o semanas acabas recuperándote. No dudo que esto ocurra a ciertas personas, pero yo recuerdo haber vivido tres experiencias de ese tipo (con distintos tratamientos) y en ninguna ocasión logré salir de forma airosa y saludable de las crisis, tal y como me habían prometido que ocurriría.

Hace poco, mientras daba vueltas a la “popularidad” del post sobre las fascias, decidí consultar sobre el tema a una “multiterapeuta” a la que suelo acudir (es médico, aunque se alejó de la medicina convencional, y posee numerosa formación y años de experiencia en terapias alterativas y terapias corporales). Le pregunté simplemente: “¿Qué opinas de la terapia de liberación miofascial?”. Y me respondió: “Es abrir la caja de Pandora”.

Soy bastante curiosa y me gusta probar cosas distintas, pero cada vez soy más reticente a la “vía rápida”. Las fascias son almacenes de una gran cantidad de contenido emocional, incluso trauma. Creo que es un error que los fisioterapeutas (en España son los que realizan este tipo de terapia), quienes no tienen ningún tipo de preparación psicológica (más allá de “sí, a veces a la gente le tocas en un sitio y llora”) hagan un trabajo de liberación miofascial.

Quizás sólo deberían hacer ese tipo de manipulación psicoterapeutas corporales muy bien preparados, como un método más de sanación integral dentro de un proceso que se esté realizando. Quizás ni siquiera. Me llama la atención que busco en internet información sobre las fascias, las crisis de sanación y su efecto psicológico y no encuentro nada al respecto, ni una sola voz en contra, o recomendando cautela… ¡Conocemos tan poquito, aún hoy día, de cómo funciona nuestro cuerpo! A veces jugamos con fuego y ni siquiera lo sabemos.

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“La Manada” y la teoría polivagal de Porges

Ayer se hizo pública la sentencia sobre el caso de “La Manada” (si alguno me lee desde otro país y no sabe de lo que hablo, puede leer aquí o aquí). No quiero escribir estas líneas desde todo lo que me mueve (mucho), al igual que a otras muchas mujeres, y sí me gustaría hacer una pequeña aportación hablando sobre la teoría polivagal de Porges, que me ha venido a menudo a la mente al leer sobre este caso.

El estadounidense Stephen Porges, profesor de Psiquiatría y Bioingeniería en la Universidad de Illinois (Chicago) presentó en 1994 la llamada “teoría polivagal”, con la que vino a desmontar la visión que se tenía hasta entonces del funcionamiento de nuestro sistema nervioso autónomo (el que controla las funciones involuntarias de las vísceras). Tradicionalmente, se ha considerado que el sistema nervioso autónomo (SNA) se divide en dos “ramas”: el sistema nervioso simpático (que, resumiendo mucho, nos prepara para la acción, o en exceso conduce al estrés), y el sistema nervioso parasimpático, que hace que nos relajemos. La efectividad del Yoga y su poder “relajante”, para que nos hagamos una idea, reside en su capacidad para estimular el parasimpático. Si aplicamos estas dos acciones a la hora de relacionarnos con el entorno, el sistema simpático es el que nos empujaría a luchar o huir ante una situación de peligro, mientras que el parasimpático es el que nos llevaría a acercarnos al otro cuando nos sentimos seguros.

polyvagal_graphic.jpgPorges, sin embargo, señaló que nuestra organización interna es algo más complicada, y que nuestro sistema parasimpático (o nervio vago) se divide, a su vez, en dos: la rama dorsal (considerada más primitiva, porque la compartimos con los reptiles) y la rama ventral (compartida con los mamíferos). La rama ventral, la más “evolucionada” es la que se activa cuando nos relacionamos con otros de manera amistosa. Nos lleva a la colaboración, y por eso Porges lo llama el “sistema de conexión social”, encargado de regular las zonas del cuerpo que intervienen en este tipo de interacciones (la expresión facial, el tono de voz…).

La rama dorsal del sistema parasimpático, sin embargo, genera comportamientos de defensa primitivos, como el quedarse inmovilizado (el “shock” de la chica del caso La Manada). En un estado de estrés profundo (una situación de pánico) los mamíferos nos quedamos congelados: las funciones corporales se ralentizan, el corazón late al mínimo y la capacidad para sentir queda muy reducida. Se sufre una especie de entumecimiento, de apagón mental, y de distancia con relación al sentido de la propia identidad. Si el afectado se mantiene mucho tiempo en ese estado, el resultado puede ser letal.

Los humanos somos seres sociales. Ante una situación de amenaza en una persona sana, señala Porges, lo habitual en un ser humano es activar primero la rama ventral, buscando una solución amistosa al conflicto. El plan B consiste en hiperactivarnos, poniendo en marcha el sistema simpático (luchar o huir). El último recurso, cuando ya no hay nada que hacer, es hipoactivarnos recurriendo a la rama dorsal (quedarse inmovilizado).

Uno, como ser humano, se puede preguntar ¿pero para qué sirve hacerse el muerto? ¿Quién ha visto que uno se salve por no hacer nada? Resulta que en la selva o la sabana esto sí funciona, porque hay una ley no escrita entre los mamíferos que prohíbe alimentarse de los animales muertos, ya que pueden tener una enfermedad contagiosa o haber caído envenenados. Ése es nuestro ADN a la hora de defendernos.

A la hora de atacar, sin embargo, la cosa cambia, porque el ser humano saca rédito de esto: al tener córtex cerebral, y pensar, aprovecha consciente o inconscientemente en su favor su conocimiento de que cuando alguien se asusta suele quedar paralizado.

Un estudio realizado en Suecia en 2017 parece venir a confirmar la teoría de Porges. La investigación mostró que, de 298 mujeres analizadas que habían sufrido algún tipo de agresión sexual, el 70% sufrió una inmovilidad “significativa”, y el 48% una inmovilidad “extrema”.

El grado de inmovilidad que padecía la mujer al ser agredida estaba directamente conectado, según el estudio, con las probabilidades de que la víctima sufriera depresión profunda o estrés postraumático pasados los seis meses. El propio texto concluía que “tener conocimiento de esta reacción entre las víctimas de agresiones sexuales es importante en materia legal o en el cuidado de la salud”. Sería interesante que la ley se pusiera al día, si no ya con la lógica, al menos con la ciencia.

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