Pandicular

catstretchingEstirarte y desperezarte mientras bostezas. Eso es pandicular, según los diccionarios especializados. Lo haces por las mañanas, o después de haber estado parado un rato, y los músculos se estiran a la vez que aumenta el flujo sanguíneo, mejorando la circulación. De paso, al bostezar y mantener la boca abierta durante unos segundos, se estira todo el tracto respiratorio, el diafragma se relajan y los pulmones pueden llenarse más. Pandicular es como un pequeño reseteo, y ayuda a mantener a tono las conexiones entre músculos y sistema nervioso. Bueno, pues resulta que, según supe recientemente, todos los mamíferos pandiculan salvo… Los seres humanos y los animales del zoo. Hasta los embriones humanos pandiculan, a partir de la 12ª semana de gestación.

Estamos tan bien educados y hemos aprendido tan bien a aguantarnos las ganas (de lo que sea) que nuestros cuerpos ya no pueden recuperar su espontaneidad natural y pegarse un buen bostezo…. Aunque quizá, si los animales del zoo tampoco pandiculan es que simplemente basta con sentirse encerrado y tristón para que nuestros cuerpos, sin nosotros enterarnos, acusen el golpe.

Suelo decirles a mis alumnos que en clase está bien visto bostezar. Yo para este año  2018 deseo que todos pandiculemos mucho y bien, ¡con todas las implicaciones que eso conlleva!

 

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Narcisistas, la identidad prestada

portada_narcisistas_joseph-burgo_201704031734El narcisista sabelotodo, el narcisista moralizante, el narcisista seductor, el narcisista vengativo, el adicto… El psicoterapeuta estadounidense Joseph Burgo publicó hace unos meses “Narcisistas”, un libro totalmente recomendable pese a la desacertada coletilla estilo best-seller de autoayuda (“Defiéndete y sobrevive en la era del egocentrismo”) que han añadido a la edición española.

Según explica Burgo, referirse a alguien como “narcisista” se ha vuelto “tan trillado, tan común, que hemos perdido la noción de lo que realmente significa”. De ahí la necesidad de un libro para aclarar ciertos términos. Todos contamos con algún nivel de narcisismo, que oscilará desde una autoestima saludable hasta el narcisismo patológico que afecta al 5% de la población. En momentos críticos, de estrés, a todos se nos agudiza el egocentrismo y la incapacidad de empatía, rasgo principal del narcisismo junto con un exagerado sentido de grandeza.

El libro parte de la base de que, efectivamente, la sociedad en la que vivimos, con su tendencia a fomentar el éxito y a polarizar entre ganadores y perdedores, triunfadores y fracasados, exacerba los rasgos narcisistas. Burgo menciona una encuesta realizada entre 650 adolescentes de la ciudad de Rochester (EEUU), en la que se les preguntaba cuál sería el trabajo de sus sueños. Los resultados mostraron que, de entre las opciones propuestas, el 43,4% prefería ser el asistente personal de una estrella frente al 23,7% que optó por ser el presidente de una universidad prestigiosa como Yale o Harvard. Para ese 43,4% de adolescentes “asociarse” a una celebridad resultaba más atractivo que lograr algo por méritos propios.

Los narcisistas habitualmente cuentan con narcisistas cercanos entre sus familiares. Puede que fueran niños utilizados, no vistos tal y como eran sino como una prolongación de los deseos de sus padres (para lograr lo que ellos no consiguieron, para proyectar en ellos los defectos no aceptados…). O quizá fueron hijos no deseados que como adultos luchan por sepultar su sentimiento profundo de vergüenza. La vergüenza es otra de las características principales del narcisismo. Es justo para no conectar con esa herida por lo que desarrollan una inflada autoimagen, una identidad falsa. Y aunque parezca desde fuera que no les importa la opinión externa, en realidad “están constantemente obnubilados por la manera en que son percibidos”. Evitar conectar con su herida es tan vital que para ello, señala el autor, echarán a otros la culpa de sus errores, tratarán a sus detractores con prepotencia y menosprecio y posiblemente se enfaden o indignen ante el menor envite a su autoestima.

Burgo menciona algunos casos de narcisistas extremos fallecidos (el caso de Steve Jobs, el de Michael Jackson), pero buena parte de sus relatos son de pacientes anónimos o perfiles imaginarios que, sin embargo, suenan tan familiares que no resulta complicado adjudicarles nombre y apellido.

El narcisismo de algunos, como artistas o deportistas exitosos, parece estar fuera de dudas, pero los deseos de grandeza también pueden encontrarse en otros terrenos, como en el mundo de las obras caritativas, en el tipo con quien compartimos mesa que nos da la boda monopolizando la conversación con sus anécdotas, en el que nos hizo mobbing en el trabajo, en madres abnegadas que fomentan la competitividad entre sus hijos y se ofenden cuando éstos quedan sin ellas (digo madres porque, según Burgo, los padres narcisistas tienden directamente a abandonar o dejar de lado a sus familias “en su afán por autocomplacerse”), o también entre personas con problemas de adicciones, sean del tipo que sean (según cita el libro, Alcohólicos Anónimos “desde hace tiempo da por hecho que la grandiosidad del alcohólico y su falta de humildad son los mayores obstáculos para la recuperación”).

Me atrevería a decir que en estos momentos en que el nacionalismo ocupa para algunos terrenos antes ocupados por la religión, la tendencia a pontificar, tanto desde un lado como desde el otro, tiene mucho que ver con el narcisismo también: a falta de una imagen y un sentido de identidad interna, de saber quiénes somos, necesitamos abrazarnos a banderas e identidades externas, prestadas.

El libro da consejos también sobre cómo manejarse con los narcisistas extremos (lo más adecuado: mantenerse alejado). En resumen, un libro aconsejable para todos, tanto para el que quiera aprender a detectar rasgos en otros como para el que esté dispuesto a hacer un examen de autoconciencia.

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