Comida e identidad

El otro día una amiga me envió un artículo sobre un escritor estadounidense, Michael Pollan, que ha presentado recientemente un audiolibro en el que relata su experiencia personal manteniéndose alejado de la cafeína durante tres meses. Pollan cuenta ya con varios libros sobre los alimentos que consumimos, aunque este audiolibro, según explica, se le ocurrió a raíz de escribir sobre el efecto en la mente del uso de drogas psicodélicas. Escribir sobre drogas le hizo darse cuenta de que hay ciertos productos que consumimos habitualmente que en la práctica son drogas también, como la cafeína, y a partir de ahí decidió probar cómo sería pasarse unos meses de abstinencia.

coffee-983955_1280La experiencia le hizo descubrir que, más allá de la sensación de pérdida de energía, su mente estaba mucho más confusa y “neblinosa”, y que concentrarse no le resultaba tan sencillo como él creía. Pero, a la vez, también le hizo darse cuenta de que la calidad de su sueño era mucho mayor. No era un tema necesariamente de horas de sueño dormidas, sino de la capacidad de alcanzar un sueño reparador. Al parecer, la cafeína afecta directamente sobre la fase del sueño del ondas lentas, la etapa de sueño más profunda que tenemos durante toda la noche. Es un tipo de sueño con menos prensa que la fase REM, que en los jóvenes representa hasta el 25% del total del sueño, y que sin embargo con la edad va disminuyendo (hasta llegar casi a desaparecer a partir de los 60 años). Por lo visto esta fase nos ayuda a consolidar nuevas memorias y a recuperarnos de las actividades diarias, entre otras cosas… Sólo por eso, parece que merece la pena dejar de consumir durante una temporada, para ver qué pasa, productos con cafeína que, según se calcula, consume diariamente el 80% de la población mundial (entre la población adulta de muchos países llega al 90%).

Michael Pollan incluso habla de cómo en cierta forma la cafeína es el motor del capitalismo, porque permitió empezar a trabajar por turnos, noches incluidas, algo impensable antes de la Revolución Industrial. Fue el consumo de cafeína lo que permitió que saltaran por los aires los ritmos circadianos de la Humanidad… La verdad es que da que pensar.

A mí me parece interesante también este tema por las implicaciones que tiene en relación con la propia identidad, con cómo pensamos que “somos” de una determinada manera y luego resulta que ese rasgo de nuestro “carácter” no es más que consecuencia de un hábito alimenticio y no tenemos ni idea (Pollan llega a decir que sin café le parecía sufrir déficit de atención y que se sentía tan inseguro que la sola idea del libro le empezó a parecer absurda).

Es cierto que hay dichos populares en este sentido (“somos lo que comemos”, “de lo que se come se cría”) pero la comprensión real de lo que eso significa no se puede alcanzar si no hacemos un cambio de dieta en algún momento. Para bien o para mal me ha tocado seguir dietas distintas por cuestiones de salud en muchas ocasiones, y fue justamente una de las primeras veces cuando descubrí que algunos de “mis rasgos” no tenían que ver conmigo, sino con lo que comía.

Pero creo que hay algo que va aún más allá en el “somos lo que comemos”. Es como si, realmente, se construyera un vínculo invisible y no pudiéramos abandonar “ese” determinado alimento que nos convierte en “ese” determinado tipo de persona. Por eso la gente suele ser tan reticente a cambiar lo que come, aunque le digan que les sienta mal. Por eso suelen ponerse a la defensiva cuando alguien les cuestiona su alimentación. Porque no es que simplemente sientan que se les cuestiona su alimentación, sino que directamente sienten cuestionada su persona. Cuando encima hay una ideología implicada en la manera de comer (suele ocurrir en el vegetarianismo, y más extremo aún en el veganismo), dejar de consumir algo, o empezar a hacerlo, se convierte casi en una tragedia.

Considero la vida como un experimento y me parece que resulta interesante pasar por la experiencia de cambiar de dieta e incluso hacer cambios con la comida de vez en cuando para observar qué pasa y flexibilizar la visión de lo que nos rodea. Empiezo a sospechar que si queremos transformar nuestra vida, y convertirnos en otro tipo de persona, es bastante probable que lo que bebemos y comemos también tenga que cambiar.

 

 

 

Posted in Uncategorized | 2 Comments

Mejor no sentir

El otro día me “reclamaron” que hace mucho que no escribo en el blog (cierto, horror…). Lo del nuevo canal de Youtube (¿no lo has visto? Está aquí), más preparar el retiro de “Yoga y Mujer” que organizaré en febrero (¿que tampoco sabes nada? ¡Pues aquí!) y mientras tanto seguir avanzando a trompicones con la nueva web personal que espero tener en algún momento (de esto no puedo compartir nada aún…) me tiene bastante “entretenida”.

PERO. Rebuscando en mis reflexiones internas, al final a menudo termino, porque lo veo cada día, en las clases que imparto y en mí misma, en la dificultad que tenemos todos para dejarnos sentir. El adormecimiento, particularmente el adormecimiento emocional (si bien las emociones se sienten a través de sensaciones corporales), es una de las mayores trabas a las que necesitamos hacer frente para crecer internamente, y convertirnos así en seres más plenos, más vivos, más de verdad. Para muestra, el pan de cada día:

– ¿Cómo estás?
– Bien.

Por supuesto hay grados en este sentido; el caso extremo es el de la disociación, que se relaciona con personas que han sufrido algún tipo de trauma (tengo todavía pendiente escribir más sobre este tema en algún momento).

CARICIASPero lo cierto es que los avances en el campo de la psicoterapia, especialmente la psicoterapia que incorpora (nunca mejor dicho) el aspecto corporal está viendo que todos estamos traumatizados, en mayor o menor medida, y que no hace falta haber vivido en un lugar en conflicto, o en extrema pobreza, o con padres violentos (aunque todo eso agrava, obviamente) para estar traumatizado. Vivir en sí mismo es traumático (hay un libro precioso aunque no para todo el mundo llamado “El trauma de la vida cotidiana”, de Mark Epstein, del que he hablado anteriormente aquí).

Así que todos estamos más o menos anestesiados, más o menos dormidos. Y, como lo estamos, no nos damos cuenta, damos por hecho que sí sentimos y que nuestra experiencia es “lo normal”. Cada vez que recurrimos a una muletilla, una de esas palabras huecas del tipo “estoy bien” o “fenomenal”, el programa se pone en marcha.

No por nada Buda se autodenominó así a sí mismo: en sánscrito Buda significa “el despierto”, el iluminado, el que sabe. En el Budismo se considera que hay dos grandes obstáculos que nos impiden alcanzar nuestra verdadera naturaleza despierta; uno es el deseo, y todo lo relacionado con él (los apegos, las envidias, celos,…) y el otro es el rechazo (emociones ligadas al odio y la ira). Realmente son los dos instintos esenciales de la existencia: el acercarnos a algo (a la comida, al placer, a una fuente de calor…) o el alejarnos de ello. El me gusta/no me gusta.

Pero todo esto, según el Budismo, se engloba en el obstáculo mayor, que es el de la Ignorancia. Ignorancia en este contexto no quiere decir “ausencia de conocimiento”, no trata de nada intelectual o teórico, sino que es una ausencia de comprensión que impide ver las cosas tal cual son, en lugar de filtradas por nuestros condicionamientos o vivencias previas (y aquí quiero aclarar que no por ser “muy espiritual” se está necesariamente menos anestesiado… De hecho, aunque las historias de Buda cuentan que cada vez que oía algo triste lloraba con la persona, a menudo se cae en la creencia de que estás más “evolucionado” espiritualmente si aparentas estar siempre bien, con tus emociones “bajo control”).

Ignorancia, adormecimiento. Esos lugares donde nuestra conciencia se anestesia, para no conectar con el dolor. No ocurre de un día para otro… El problema es que, a no ser que se trate de traumas ocurridos de adulto (por ejemplo, un accidente), todo el programa se estableció cuando éramos demasiado pequeños para darnos cuenta de lo que estaba pasando. Y así, ocurre algo, nos molesta/inquieta/incomoda/agita/asusta/abruma y, a la vez, algo dentro se activa negando/minimizando/desvitalizándonos para así no tener que contactar con ello.

En su momento fue una respuesta adaptativa, era lo mejor que podíamos hacer para sobrevivir a la situación que lo generó. Pero ahora hace que todo un raudal de energía vital se desperdicie internamente, en este conflicto, inmovilizando nuestra reacción inicial, inmovilizando nuestro dolor, nuestra tristeza, nuestra decepción, nuestra rabia… Adormeciéndonos. Ese gran esfuerzo interno hace que estemos menos vivos.

¿Algo de esto te suena? No le preguntes a tu mente ni busques en la memoria, pregunta a tu cuerpo. Tarde o temprano, si quieres salir de ahí, será la puerta que tendrás que abrir.

Seguiremos…

Posted in Uncategorized | Leave a comment