Cuando te enfrentas a un terrorista diciendo ‘stop’

El otro día charlaba con una persona conocida y por algún motivo nuestra conversación derivó hacia el atentado del pasado 3 de junio en Londres y a la manera en que la mayoría de testigos reaccionaron cuando los terroristas atropellaron a decenas de personas y después irrumpieron, cuchillos de 30 centímetros de hoja en mano, en un mercado gastronómico.londonattackLa prensa habla de testigos diciendo ‘stop’, y de que los más aguerridos se enfrentaron a los atacantes insultándolos o lanzándoles vasos o sillas. También relata que la policía tenía que gritar a los presentes que corrieran y huyeran del lugar.

Según desarrolló en los años 90 el investigador estadounidense Stephen W. Porges en su “teoría polivagal”, los seres humanos, al igual que los mamíferos superiores, tenemos tres vías para reaccionar, y no dos como se creía hasta entonces, ya que nuestro sistema nervioso parasimpático, el encargado de “relajarnos”, es como si estuviese dividido en dos. Cuando un animal se siente amenazado su reacción principal es la de atacar y defenderse, si tiene posibilidades de éxito, o huir si siente que no las tiene, poniendo en funcionamiento el sistema nervioso simpático (algo así como el “acelerador” de un coche). Si no puede hacerlo, un mamífero reduce sus funciones vitales y se paraliza haciéndose el muerto (siguiendo con el símil del coche, sería una especie de “freno de mano”, a cargo del sistema nervioso parasimpático dorsal). Paralizarse puede ser clave para la supervivencia, porque hay una especie de ley no escrita en el mundo “salvaje” que hace que la mayoría de animales no quiera comerse un cadáver, por el riesgo de que pueda estar enfermo o ser tóxico.

Porges vio que los humanos y otros mamíferos sociales contamos también con un freno (el sistema nervioso parasimpático ventral) que nos invita a socializar y resolver los problemas de manera amigable, buscando la relación con el otro. Es el primer recurso de una persona criada en un entorno seguro y que no ha sufrido algún tipo de trauma previo. Es lo que nos permite vivir en comunidad.

La conversación sobre el atentado me hizo pensar en Porges y su teoría polivagal. Porque… ¿Parece sensato decir “para” cuando alguien se te acerca con un cuchillo jamonero en mano? ¿Es buena idea insultarle, tirarle un vaso o una silla a un terrorista, como si estuvieras teniendo una riña con el novio, o alejarte del lugar portando la pinta de cerveza y caminando despacio para no derramar ni una gota? (es una de las imágenes que se ha hecho viral en las redes inglesas). ¿Qué les hizo pensar a varias de las víctimas que podían acercarse a socorrer o proteger a los heridos sin armas similares a los de los atacantes y que saldrían ilesos? Creo que es bastante evidente que ninguno de ellos estaba teniendo una respuesta adaptada a la situación que se les había presentado, aunque ahora podamos verlos como actos heroicos y, desde luego, lamentemos el desgraciado final de las víctimas.

Es posible que muchos de nosotros hubiésemos tenido una respuesta igual de “inadecuada”, buscando la relación con el otro, activando el sistema nervioso parasimpático ventral, según la visión de Porges, o acalorándonos hasta llegar al insulto, pero tampoco mucho. En este lado relativamente cómodo y seguro del planeta que nos ha tocado tenemos ” microestreses”, fuentes continuas de tensión con las que convivimos, pero que no hacen que nuestras vidas peligren realmente, o no de manera dramática. Y cuando nos encontramos con un terrorista empuñando un machete no se nos ocurre otra cosa que lidiar con él como si estuviéramos en una riña de borrachos.

CORRE, ESCÓNDETE, LLAMA

La policía inglesa lo sabe, lo ha visto. Y por eso ha decidido poner en marcha una campaña bajo el título de “run, hide, tell” (corre, escóndete, avisa), explicando, paso por paso, lo que hay que hacer si vuelve a producirse una amenaza similar, y poniendo tan sólo en tercer lugar el llamar a la policía. Mientras esto pasa en Gran Bretaña, los medios digitales reproducen un vídeo del otro lado del planeta, China, donde se ve a una mujer doblemente atropellada en un cruce y donde nadie, ni conductores ni transeúntes, se detienen a socorrerla. Extremo contrario del planeta y reacción diametralmente opuesta. Leo comentarios consternados en redes sociales, preguntándose hacia dónde nos estamos dirigiendo (aunque la impasibilidad china ya se hizo famosa en episodios como la masacre de Nankín, antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando fueron invadidos por Japón y los habitantes apenas opusieron resistencia). Creo que el episodio de la mujer atropellada también muestra una respuesta inadecuada. En este caso, siguiendo la teoría de Porges, se diría que conductores y transeúntes entraron en un estado más parecido a la parálisis. Echaron el freno de mano emocional y fueron incapaces de empatizar con quien tenían enfrente.

No tengo una solución para nada de esto. A mí también me gustaría que no hubiera ataques terroristas, y que pudiéramos resolver nuestras diferencias de otras maneras… También sé que es poco factible, y que a mí, en mi día a día, me queda muy lejano. Lo que sí percibo es que hay una falta de realidad, de conexión con lo más esencial, la supervivencia, de reacción adaptada a la necesidad del momento… Una falta, en suma, de fuerza interna, de vitalidad, y que eso sí nos afecta directamente a todos. Y creo que sobre eso sí podemos trabajar.

 

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Hacerse el loco

Creo que he hecho de la comunicación y la palabra uno de los grandes temas de mi vida, supongo que en gran parte porque en mi casa no se hablaban las cosas, y poner los sentimientos en palabras era cosa de otro planeta. Me ha costado muchos años (y sigo en ello) ser capaz de tener la suficiente intimidad conmigo como para poder saber lo que me pasa y desde ahí poder compartirlo con otros.

parejayogaLa mayoría de nosotros, tristemente, no hemos recibido una educación emocional, y de la misma manera que si nos preguntan qué queremos decir cuando decimos que estamos “bien” o “normal”, nos quedamos congelados porque en realidad no lo sabemos, también nos pasa que si nos encontramos con alguien distinto, que se abre y nos cuenta con sinceridad lo que le pasa, compartiendo miedos fantasmas, nos desagrada, porque nos vemos empujados a la fuerza al abismo de nuestros miedos arrinconados.

Me siento orgullosa del lugar al que he llegado de, como decía, mayor intimidad conmigo misma. Pero por eso también me ha hecho gracia toparme con un artículo sobre las características de las parejas felices y duraderas, y ver que una de las claves es no tratar de hablar y solucionar todo, porque es imposible que no haya desacuerdos y algunos desencuentros maritales van a ser, simplemente, eternos. Por ello, para la supervivencia del vínculo, a veces lo que toca, es quitar importancia más que comunicarse mucho y bien.

Me parece bonita esa danza, entre el compartir y el respetar, entre el negociar y el aceptar. Ese baile de la vida en que unas veces lo mejor es resolver y plantar cara a los problemas, hablándolos, y otras dar un paso atrás, recordar las prioridades y hacerse un poquito el loco, porque sabes que a la larga merece la pena.

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