Sensibilidad y supervivencia

Esta semana he recibido la noticia de que los padres de dos personas conocidas están a puntos de ser operados de cáncer. Hombres entre los 60 y los 70, con cáncer de vejiga y de próstata.fuerza Ambos han saltado, en cuestión de muy poco tiempo, de “no pasarles nada”, a estar a punto de entrar en la sala de operaciones.

Sin detenerme en el hecho de que se trate de un cáncer, y en el posible mensaje oculto tras cada enfermedad,en esta ocasión lo que me golpeó con más fuerza fue que la noticia fuera tan repentina para todos. Estaban bien y, de repente, había que operarlos y la cosa pintaba fea. ¿Es que no habían tenido síntomas?

Tenemos metida la creencia de que hay que aguantar, de que hay que ser fuerte y resistir. Si se es hombre, aún más. Ser sensible es una muestra inequívoca de debilidad. De hecho, no niego que ser insensible en entornos competitivos, agresivos o confrontativos como a menudo son los trabajos, los colegios, también las familias, suele convertirse en el recurso de supervivencia más a mano (de hecho, es la primera reacción inconsciente que ponemos en marcha desde que tenemos apenas un par de meses de vida: tensamos la nuca y nos desconectamos de cuello para abajo; así no sentimos).

Irónicamente, parece que lo que puede funcionar con 0, con 20 o con 30 años, deja de funcionar a cierta edad. Y al final no es sólo que vivamos nuestra vida a medias, porque no queremos sentir el dolor de los acontecimientos que más nos tocan, sino que parece que también, literalmente, vivimos menos. Ser insensible no es una buena estrategia para la supervivencia. Vivir entumecido pasa factura.

La buena noticia con la que me quedo es que precisamente todo lo que persigo con las clases y sesiones que doy es realizar un trabajo hacia la sensibilidad. Hacia escuchar, hacia llevar la mirada hacia dentro… Me consuela pensar que, quizás, el trabajo de ahora, de mis alumnos y mío, nos permitirá evitar malas noticias en el futuro.

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Humor y censura

Hace poco una amiga cercana me contaba su problema. Recientemente ha conocido a un hombre, que según ella no es “su tipo” y con el que las cosas (quizás por ese motivo) parecen avanzar sorprendentemente bien. Sin embargo, me decía, cuando en alguna ocasión le ha hecho algún comentario cariñoso “va y me suelta una broma”. La primera vez ni se enteró bien de lo que pasaba y del cambio de “frecuencia” generado por el comentario jocoso. La segunda se frustró. A la tercera le espetó sin pensarlo mucho (luego se arrepentiría): “¿tú cada vez que hay una situación un poco íntima sueltas un chiste?”. 

masksmilingLa preocupación principal de mi amiga era que las “maniobras de despiste” de su nuevo compañero fueran un rechazo a intimar con ella y que las cosas no estuvieran yendo tan viento en popa como ella se creía. ¿Le estaba marcando la línea roja que no debía traspasar? ¿Estaba exagerando? ¿Qué es lo que les estaba pasando?

Solemos considerar el humor y la risa como un método para relajarnos y generar momentos distendidos, como un canal para crear confianza, compartir y acercarnos al otro. También como una muestra de ingenio, de inteligencia. Incluso, en el mundo de la espiritualidad, se ven como señas inequívocas de estar avanzando en el camino que aumenten la alegría y el sentido del humor.

Sin embargo, el humor es también uno de los mecanismos de censura social más efectivos e implacables. Pensamos en las burlas hirientes de los niños o adolescentes en el colegio, pero puede ser algo más sutil. Siempre me acordaré de una ocasión en la que estaba con una de mis sobrinas (qué grandes maestros los niños). Era aún bastante pequeña. Estábamos juntas en el salón de su casa y ella comenzó a tirarse pedos. Se tiró uno, me reí sorprendida e hice un comentario irrelevante entre risas. Se tiró otro, volvió a escapárseme la risa y ella me dijo “no te rías”. Pero al cabo de un rato se tiró otro pedo más, yo me reí una tercera vez, y ella exclamó, entre enfadada y dolida “¡¡que no te rías!!”. Nunca habría pensado, si no hubiese visto su cara, que yo estaba usando mi risa, de forma totalmente automática e inconsciente, como el mecanismo social para reprimir el “descarrilamiento” social que representa tirarse un pedo en un salón (después descubriría que el francés Henri Bergson escribió ensayos sobre este tema a principios del siglo XX y dejó dichas frases como que “en la risa siempre encontramos una intención no confesada de humillar y en consecuencia corregir a nuestro vecino”).

¿Qué decirle a mi amiga sobre su nueva pareja? ¿Qué decirle a cualquier persona que recibe una risa, o una broma, cuando no es eso lo que anda buscando? Se me ocurre comentarle que tenga paciencia y que su pareja, que ahora se ríe, probablemente encontró bromas similares cuando de niño se mostró más sensible, más vulnerable. Que ante su necesidad espontánea de intimar seguramente recibió, de forma repetida, un buen jarro de risa fría (de hecho, me atrevería a añadir, qué escena tan típicamente masculina, o española: hombres que bromean).

Y me quedo con esta otra frase de Henri Bergson para terminar, y reflexionar: “Nuestra risa es siempre la risa de un grupo”.

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